El domingo, 23 de octubre de 2016



Trigésimo Domingo Ordinario

(Eclesiástico 35:15-17.20-22; II Timoteo 4:6-8.16-18; Lucas 18:9-14)

Se dice que la mejor manera de ver al papa Francisco es asistir en su misa diaria.  Cada día Francisco se levanta a las 4:45 para orar y preparase para la misa.  A las 7 comienza la misa llevando ornamentos sencillos.  Su homilía tanto expresiva como corta es su Tweet al mundo entero.  Después de la misa se sienta para orar de nuevo, a menudo entre la gente en las bancas.  Entonces se para para acogerse fuera de la capilla de cada persona presente.  Ante Dios y ante la gente el papa Francisco se presenta como persona humilde.  Así se conforma con la enseñanza de Jesús en el evangelio hoy.

Jesús da una parábola describiendo a dos orantes.   Los dos están hablando con Dios.  El fariseo trata a Dios como si fuera otro hombre.  No hay nada malo de esto.  Pues Dios quiere que nos relacionemos con él como amigo.  Por esta razón vino en forma humana.  Sin embargo, las palabras del fariseo indican persona más impresionada por su vida propia que por la gracia de Dios.  Sí es verdad que dice: “Dios mío, te doy gracias…”.  Pero sigue: “No soy como los demás hombres…Ayuno… y pago el diezmo…”  Es como si quiere elogios de Dios y nada del consejo, mucho menos del perdón.

Entretanto el publicano queda al fondo del Templo.  También habla con Dios pero en tonos más solemnes.  En lugar de contar sus logros, reconoce sus faltas.  Es posible que sea tan justo como Zaqueo, otro publicano que aparecerá pronto en el relato de Lucas.  Sin embargo, él sabe que ante Dios todos hombres son como alumnos energéticos del cuarto grado.  Eso es a decir que somos siempre culpables de un delito u otro, sea robar mil dólares o maldecir a otro chofer.  Con este hecho firmemente en cuenta el publicano no puede decir más que: “Dios mío, apiádate de mí…”

Es cierto que deberíamos ser humildes ante Dios.  Pero ¿es necesario que seamos humildes ante los demás humanos?  Vale la pena indagar la pregunta.  Para nosotros creyentes la humildad es el reconocimiento de que todas cualidades buenas que tenemos son de Dios.  Cuando consideremos la cosa, vemos que cada persona humana tiene cualidades buenas que no poseemos nosotros.  Una persona es muy organizada  de modo que cumpla mucho.  Entretanto otra persona es más acomodadora pero menos capaz a terminar trabajo en el tiempo indicado.  Los dos tienen que reconocer la virtud del otro como don de Dios.  Es decir que los dos tienen que ser humildes ante uno y otro.

Una cualidad buena que llama atención hoy es la capacidad de soportar el sufrimiento.  Muchos han tenido que sufrir terriblemente.  Estar en presencia de sobrevivientes de cáncer deberían hacernos humildes.  También conocer a refugiados que han experimentado la pérdida de familiares y de viviendas debería despertarnos.  Evidentemente Dios les ha permitido a sufrir para probar su carácter y para engrandecer lo nuestro.  Cuando nos compadezcamos de ellos, podemos agradecer  a Dios por habernos hecho más nobles de espíritu.

Hace muchos años hubo en un periódico una foto de un soldado americano doblándose para recoger a un bebé haitiano del suelo.  Quedaron los lectores del periódico pensando que ese soldado jamás se paró tan alto.  Es igual con cada acto de humildad que actuamos.  Jamás nos paramos tan altos como cuando nos humillemos para ayudar a persona en necesidad.  Jamás nos paramos tan altos como cuando nos humillemos para ayudar al necesitado.