El domingo, 10 de junio de 2018


EL DÉCIMO DOMINGO ORDINARIO

(Génesis 3:9-15; II Corintios 4:13-5:1; Marcos 3:20-35)


“’¿Dónde estás?’” Se puede dirigir la pregunta que hace Dios a Adán en la primera lectura a cada uno de nosotros.    Pero la pregunta a nosotros no tiene que ver tanto con el lugar del cuerpo sino el lugar del alma.  ¿Estoy más cerca a Dios o a Satanás?  ¿Estoy inclinado al bueno o al malo?  ¿Vivo por los demás o sólo por mi propio bien?  ¿Dónde estoy?

San Pablo no tiene duda dónde está él.  Ha entregado su vida al servicio de Cristo.  Como expresa en la segunda lectura, está desgastándose con el anuncio de la resurrección de Jesús.  Aunque algunos han negado sus motivos, él lleva en su cuerpo las marcas de la campaña.  No se puede decir otra cosa.  Pablo ha dado de sí mismo cien por ciento para colocar a los corintios en el camino de la vida.

¿Dónde estamos?  ¿Podemos como Pablo apuntar a varias personas a las cuales hemos apoyado en la fe?  Esperemos que hayamos fortalecido la fe al menos de nuestros hijos.  Si hemos bendecido la comida antes de consumirla, nuestra respuesta será sí.  Si hemos rezado con ellos antes de acostarse, también la respuesta será sí.  Sobre todo si los hemos llevado a la misa dominical, la respuesta será sí.  Ellos han aprendido de nosotros que la vida es un don de Dios a quien debemos el agradecimiento.

Hablamos del “buen ladrón”.  Supuestamente el “buen ladrón” es el bandido crucificado al lado de Jesús.  Según el evangelio de Lucas (y sólo Lucas) este hombre pide al Señor que se acuerde de él en la gloria.  Y Jesús se lo promete.  Por eso, se le merece el título el “dichoso ladrón”, no el “buen ladrón”.  En el evangelio hoy Jesús se refiere a sí mismo como un ladrón.  Pues él es quien que ha metido a la casa de Satanás, el príncipe del mundo, para robarle de la humanidad caída.  Él nos ha quitado la idea que nuestra vida es sólo nuestra producción.  Por eso, podemos gastarla como nos dé la gana.  Jesús nos ha dejado con la seguridad que somos amados por Dios para siempre. 

¿Dónde estamos? ¿Estamos con Jesús, el “buen ladrón”?  Nuestra respuesta es “sí” si vamos a las periferias para sacar a los necesitados de la miseria.  La periferia, como diría el papa Francisco, también es más lugar del alma que del cuerpo.  Es dondequiera no estemos cómodos.  Puede ser la casa de nuestros suegros a quienes sospechamos que no les caigamos bien.  Más probable es el asilo de ancianos que nos recuerda de la fragilidad humana.  O puede ser una cárcel que nos colme con el temor.   Allá ataremos a Satanás, el hombre fuerte, por dominar nuestros deseos.  Arrebataremos a los necesitados de la miseria por mostrarles la compasión. 

La periferia para unas mujeres es el servicio de alimentos para los pobres de la calle.  La primera vez que vienen, las damas sienten el temor.  Pero pronto se dan cuenta que los pobres no son más violentos ni más rudos que otros grupos.  Los llaman por nombre y les permiten a ayudar con la limpieza.  Se puede decir que les roban de la miseria y les suministran la dignidad.  Seguramente ellas están con Jesús.

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