XXX DOMINGO “durante en año”
(Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)
Hay que amar
el evangelio hoy. Es lleno de la pasión
y el significado típico del Evangelio según San Marcos.
Para
entender bien lo que Marcos quiere decirnos aquí, tenemos que recordar el
evangelio del domingo pasado. Cuando los
hermanos Zebedeo piden un favor de Jesús, el Señor les responde: “’¿Qué quieren
que haga por ustedes?’” Es la misma respuesta
que da al ciego Bartimaeus en el evangelio hoy.
San Marcos está llamándonos a comparar las dos peticiones o, más bien,
los habladores de las dos.
Santiago y
Juan piden del Señor los puestos más altos en el Reino. Desean el prestigio y el poder para su propio
engrandecimiento. En contraste, el ciego
pide la vista paraque pueda apreciar de lleno la realidad que Dios ha creado. Quiere trabajar, tener familia, tal vez ejercer
alguna independencia, pero también desea ayudar a sus vecinos.
¿Cómo
podemos decir que el ciego tiene todos estos objetivos nobles en mente? Por lo que hace una vez que el Señor le cumple
su deseo. No recoge las limosnas que tenía
para celebrar la vista nuevamente recibida.
Más bien deja todo para seguir a Jesús en el camino. Para Bartimeo el dinero es poca cosa en
comparación de la vista que empleará para llevar a cabo su discipulado.
Una vez más Marcos
hace hincapié en Jesús como el mesías que viene para servir a los demás. No se
enojó con los Zebedeo por su petición escandalosa. Más bien, les muestra la paciencia y les
confirma como discípulos cuando les invita a beber de su cáliz del sufrimiento
y aguantar su bautismo de la sangre. Su
favor a Bartimeo es aún más generoso. Le
concede la vista para confirmar la fe del ciego en él como el “’hijo de David’”;
eso es, el Mesías. Es la verdadera fe
cristiana que se da cuenta de que el Mesías no viene para someter a pueblos con
su espada sino para perdonar a la gente con su muerte en la cruz.
De alguna
manera tenemos que adoptar la fe de Bartimeo para nosotros mismos. Aunque no seamos ciegos ni desempleados, a nosotros
nos hace falta la salud espiritual. Somos
inclinados a pensar en nosotros como más dignos de los demás. También somos dispuestos a esquivar nuestras
responsabilidades cuando tengamos la oportunidad. Muchos somos como la gente en la narrativa que
intenta callar al ciego que grita. Consideramos
la fe como asunto privado que no admite muestras públicas. Creemos que cada uno pueda vivir la fe según
su propio juicio. Es la ceguera espiritual
que puede ser letal. Pertenecemos a una comunidad de fe con líderes designados
para ser seguidos.
En el
evangelio Jesús no le hace caso a esta gente.
Más bien oye al que grita, “’¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’” Es la fe de este pobre ciego que hemos de
imitar. Como la historia de Bartimeo termina con él siguiendo a Jesús por el
camino, nosotros debemos seguir al papa, el vicario de Cristo.
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