Homilía para el XXV Domingo Ordinario, 21 de septiembre de 2008-09-15
(Mateo 20:1-16)
Una viña en California se acoge a turistas. Les ofrece pruebas de sus vinos y una gira de sus operaciones. En la gira la viña muestra a los turistas el cultivo y la cosecha de uvas, la preparación y el añejamiento del vino, y la el embotellado y comercio del producto. En breve, les impresiona con un proceso mucho más complicado que la prensa de uvas que tenían sus abuelitos en el sótano. En la parábola del evangelio hoy Jesús se aprovecha de una tal viña como símbolo para toda la creación.
Por la parábola Jesús indica cómo Dios manda a los trabajadores en el mundo para producir algo que vale. Una vez el papa Juan Pablo II siguió la línea de pensamiento de Jesús aquí. Dijo que “cada hombre que viene a este mundo” es como los trabajadores de las horas avanzadas del día. Tal vez sea mejor identificar a los trabajadores de la primera hora como los sacerdotes y religiosos que usualmente se dan cuenta de sus vocaciones desde joven. Entonces los trabajadores que se encuentran en las horas siguientes serán los laicos que sólo tardíamente reconocen cómo Dios les ha llamado.
Ciertamente hay mucho servicio para rendirse en el mundo actual. La mayoría de sus seis y medio mil millones habitantes viven en la pobreza. De estos pobres dos por tres son de países en desarrollo como México. En tiempo estos pobres deberían conocer una vida digna. Sin embargo, uno por seis de la población mundial -- un mil millón de personas -- ahora viven en la pobreza absoluta, eso es con menos de un dólar por día. Por una gran parte estos miserables se encuentran en el África. Todos los trabajadores de la viña de Dios tienen que preguntarse ¿qué puedo hacer para mejorar la suerte de estos desafortunados?
Además que la oración, podemos responder a nuestro interrogante por decir que nuestros aportes a las organizaciones como el Catholic Relief Services y Caritas socorrerán a los más pobres. También, pudiéramos votar por candidatos que fomentarán políticas para mover los países más pobres a la lista de aquellos en desarrollo. Sin embargo, es preciso que los laicos se den cuenta de la posibilidad de crear un mundo mejor por sus esfuerzos diarios.
Se escribe en el documento sobre la Iglesia en el Vaticano II: “A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales.” Cuando tratan a sus familias con toda atención, trabajan con gran diligencia, y persiguen actividades sociales por el bien de todos, los laicos responden a esta vocación. No se considera como un papel al margen. Más bien, contribuye directamente a la misión de la Iglesia para convertir al mundo a Cristo. Por eso, se ha llamado apropiadamente “el ministerio de los laicos.”
¿Y el pago para estos trabajadores? Seguramente va más allá que los salarios, a veces disminuidos, que los laicos reciben de sus empleadores. Por la parábola de los trabajadores en la viña Jesús indica que recibirán de Dios la misma cantidad que se dan a los trabajadores de la primera hora. Eso es, como los sacerdotes y religiosos, los laicos esperan de Dios la vida eterna como su premio por haber cumplido sus tareas.
Predicador dominico actualmente sirviendo como rector del Santuario Nacional San Martín de Porres en Cataño, Puerto Rico. Se ofrecen estas homilías para ayudar tanto a los predicadores como a los fieles en las bancas entender y apreciar las lecturas bíblicas de la misa dominical. Son obras del Padre Carmelo y no reflejan necesariamente las interpretaciones de cualquier otro miembro de la Iglesia católica o la Orden de Predicadores (los dominicos).
Homilía para el Domingo, 14 de Septiembre de 2008
La Fiesta de la Exultación de la Santa Cruz
(Juan 3:13-17)
Recordémonos el jardín en el libro de Génesis. Cuando Dios creó a Adán, creó también el jardín con toda clase de árboles. Dos árboles están mencionados por nombre – el árbol de la Vida y el árbol de la Ciencia del bien y del mal. Dios prohibió a Adán y, porque era producida de él, a Eva comer del fruto del árbol de la Ciencia del bien y del mal. Si Adán lo comería, dijo Dios, moriría.
A pesar de la amonestación, Eva y Adán comieron el fruto del árbol de la Ciencia del bien y del mal. Una serpiente engañó a Eva por decirle que no morirán si comerían de ese fruto. Más bien, según la serpiente, se harán como dioses por el conocimiento del bien y del mal. Como siempre el engaño estuvo medio correcto. Por comer el fruto del árbol de la Ciencia del bien y del mal, Adán y Eva se hicieron como dioses. Eso es, se hicieron constructores de sus propias vidas, independientes de Dios. Pero, como consecuencia de su desobediencia, Dios les expulsó del jardín para que no comieran del árbol de la Vida que les habría dado la vida eterna.
“¿Lograron la Ciencia del bien y del mal?” quisiéramos preguntar. Realmente no. Es cierto que se dieron cuenta de que habían pecado. Pero aprenderán por sus propios esfuerzos el bien y el mal sólo con mucha pena y bastante error. Es nuestra situación ahora, ¿no? Como dijo el inventador Tomás Edison: “El genio es sólo un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de sudor.” Sin embargo, Dios reveló a todos los descendientes de Adán y Eva los mandamientos para que supieran el bien sin errores. Si sólo los seguiríamos,…
No se menciona nada más del árbol de la Vida en la Biblia. Sin embargo, nosotros cristianos miramos la cruz de Cristo como un árbol de que viene la vida. Para comprender lo que se significa aquí, tenemos que apreciar cómo la palabra cruz en sus orígenes no representa dos líneas perpendiculares. Más bien, la cruz era sólo una estaca en la tierra que mira como un árbol. (Pensamos en dos líneas perpendiculares porque Jesús cargó el travesaño al Calvario donde estaba la estaca a que se fijó el travesaño con manos de Jesús clavadas a él.) El evangelio de Juan ahora nos dice que la persona que crea en Jesús levantado en la cruz tendrá la vida eterna. Creer en Jesús levantado en la cruz significa más que persignarse ante el crucifijo. Es obedecerlo a Jesús como él obedeció a Dios hasta su propia muerte. Esto es en contraste con Adán y Eva que rehusaron a obedecer a Dios.
A veces nos cuesta mucho obedecer a Jesús como en el caso del director de finanzas de una agencia de carros. Cristo rescató la vida de este hombre cuando estaba muriendo de una enfermedad de corazón. Ahora en gratitud a Cristo este hombre trata a todos los clientes con justicia. Aunque el propósito de su oficio es ganar la mayor cantidad de dinero posible, él no permite que personas sencillas entren en contractos que no pueden cumplir. Creer en el crucificado significa que tenemos la misma compasión a todos, todo el tiempo. Es no vivir más principalmente por sí mismo sino por Cristo.
(Juan 3:13-17)
Recordémonos el jardín en el libro de Génesis. Cuando Dios creó a Adán, creó también el jardín con toda clase de árboles. Dos árboles están mencionados por nombre – el árbol de la Vida y el árbol de la Ciencia del bien y del mal. Dios prohibió a Adán y, porque era producida de él, a Eva comer del fruto del árbol de la Ciencia del bien y del mal. Si Adán lo comería, dijo Dios, moriría.
A pesar de la amonestación, Eva y Adán comieron el fruto del árbol de la Ciencia del bien y del mal. Una serpiente engañó a Eva por decirle que no morirán si comerían de ese fruto. Más bien, según la serpiente, se harán como dioses por el conocimiento del bien y del mal. Como siempre el engaño estuvo medio correcto. Por comer el fruto del árbol de la Ciencia del bien y del mal, Adán y Eva se hicieron como dioses. Eso es, se hicieron constructores de sus propias vidas, independientes de Dios. Pero, como consecuencia de su desobediencia, Dios les expulsó del jardín para que no comieran del árbol de la Vida que les habría dado la vida eterna.
“¿Lograron la Ciencia del bien y del mal?” quisiéramos preguntar. Realmente no. Es cierto que se dieron cuenta de que habían pecado. Pero aprenderán por sus propios esfuerzos el bien y el mal sólo con mucha pena y bastante error. Es nuestra situación ahora, ¿no? Como dijo el inventador Tomás Edison: “El genio es sólo un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de sudor.” Sin embargo, Dios reveló a todos los descendientes de Adán y Eva los mandamientos para que supieran el bien sin errores. Si sólo los seguiríamos,…
No se menciona nada más del árbol de la Vida en la Biblia. Sin embargo, nosotros cristianos miramos la cruz de Cristo como un árbol de que viene la vida. Para comprender lo que se significa aquí, tenemos que apreciar cómo la palabra cruz en sus orígenes no representa dos líneas perpendiculares. Más bien, la cruz era sólo una estaca en la tierra que mira como un árbol. (Pensamos en dos líneas perpendiculares porque Jesús cargó el travesaño al Calvario donde estaba la estaca a que se fijó el travesaño con manos de Jesús clavadas a él.) El evangelio de Juan ahora nos dice que la persona que crea en Jesús levantado en la cruz tendrá la vida eterna. Creer en Jesús levantado en la cruz significa más que persignarse ante el crucifijo. Es obedecerlo a Jesús como él obedeció a Dios hasta su propia muerte. Esto es en contraste con Adán y Eva que rehusaron a obedecer a Dios.
A veces nos cuesta mucho obedecer a Jesús como en el caso del director de finanzas de una agencia de carros. Cristo rescató la vida de este hombre cuando estaba muriendo de una enfermedad de corazón. Ahora en gratitud a Cristo este hombre trata a todos los clientes con justicia. Aunque el propósito de su oficio es ganar la mayor cantidad de dinero posible, él no permite que personas sencillas entren en contractos que no pueden cumplir. Creer en el crucificado significa que tenemos la misma compasión a todos, todo el tiempo. Es no vivir más principalmente por sí mismo sino por Cristo.
Homilía para el domingo, 7 de septiembre de 2008
El XXIII Domingo Ordinario, 7 de septiembre de 2008
(Mateo 18:15-20)
Hace tres años el arzobispo de San Luís excomulgó a siete personas. Los penalizados habían participado en emplear a un sacerdote como párroco sin el permiso de su propio obispo. La pena fue extrema porque el delito injurió la capacidad de la Iglesia a supervisar la celebración de los sacramentos.
En el evangelio hoy San Mateo presenta el cimiento de la excomulgación. El evangelista muestra a Jesús enseñando a sus discípulos que tienen la autoridad para apartar a un pecador de la comunidad. Porque es una acción seria, el Señor estipula varios pasos para cumplirse antes de que impongan la excomulgación. En primer lugar han de amonestar al pecador de su crimen a solas para que no se le destruya la fama. En segundo lugar, han de acercarse al culpable con testigos de modo que se de cuenta de la gravedad de su ofensa. En tercer lugar, han de reportarlo a la comunidad para que se avergüence por el pecado. Sólo después de este largo proceso pueden excomulgarlo para que su perfidia no estropee a otros fieles.
Sin embargo, la excomulgación se debe ver tanto como un remedio como un castigo. Se le priva a la persona de los sacramentos precisamente para alcanzar su conciencia. Pues, la Iglesia existe para salvar a las almas, no para condenarlas. Quizás la llamada a la oración con que Jesús concluye las instrucciones aquí insinúe esta intención de misericordia. Ciertamente el primer propósito de la llamada es para subrayar la certidumbre que Dios atará en el cielo lo que los discípulos (y actualmente los obispos) aten en la tierra. Pero, por mencionar “el Padre celestial,” que ama tanto a los malos como a los buenos, también parece que Jesús implica la necesidad para rezar por la conversión de los condenados.
Durante este tiempo de las elecciones vamos a oír informes de obispos diciendo a los políticos en favor de la legalización del aborto que no deben recibir la Santa Comunión. Aunque es bastante seria, esta acción no constituye la excomulgación formal. Los obispos sólo estarán tomándola para rescatar las almas de los políticos en peligro por facilitar la muerte de seres humanos. También estarán haciendo lo que pueden para detener la matanza de los inocentes en grande escala.
(Mateo 18:15-20)
Hace tres años el arzobispo de San Luís excomulgó a siete personas. Los penalizados habían participado en emplear a un sacerdote como párroco sin el permiso de su propio obispo. La pena fue extrema porque el delito injurió la capacidad de la Iglesia a supervisar la celebración de los sacramentos.
En el evangelio hoy San Mateo presenta el cimiento de la excomulgación. El evangelista muestra a Jesús enseñando a sus discípulos que tienen la autoridad para apartar a un pecador de la comunidad. Porque es una acción seria, el Señor estipula varios pasos para cumplirse antes de que impongan la excomulgación. En primer lugar han de amonestar al pecador de su crimen a solas para que no se le destruya la fama. En segundo lugar, han de acercarse al culpable con testigos de modo que se de cuenta de la gravedad de su ofensa. En tercer lugar, han de reportarlo a la comunidad para que se avergüence por el pecado. Sólo después de este largo proceso pueden excomulgarlo para que su perfidia no estropee a otros fieles.
Sin embargo, la excomulgación se debe ver tanto como un remedio como un castigo. Se le priva a la persona de los sacramentos precisamente para alcanzar su conciencia. Pues, la Iglesia existe para salvar a las almas, no para condenarlas. Quizás la llamada a la oración con que Jesús concluye las instrucciones aquí insinúe esta intención de misericordia. Ciertamente el primer propósito de la llamada es para subrayar la certidumbre que Dios atará en el cielo lo que los discípulos (y actualmente los obispos) aten en la tierra. Pero, por mencionar “el Padre celestial,” que ama tanto a los malos como a los buenos, también parece que Jesús implica la necesidad para rezar por la conversión de los condenados.
Durante este tiempo de las elecciones vamos a oír informes de obispos diciendo a los políticos en favor de la legalización del aborto que no deben recibir la Santa Comunión. Aunque es bastante seria, esta acción no constituye la excomulgación formal. Los obispos sólo estarán tomándola para rescatar las almas de los políticos en peligro por facilitar la muerte de seres humanos. También estarán haciendo lo que pueden para detener la matanza de los inocentes en grande escala.
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Homilía para el Domingo, 31 de agosto de 2008
El XXII Domingo Ordinario
(Romanos 12:1-2)
El reverendo doctor Martin Luther King, Jr., solía alentar a la gente que rindieran el mejor trabajo posible. Decía: “Si un hombre es llamado a ser un barrendero, debería barrer las calles como Miguel Ángel pintaba o como Beethoven componía música o como Shakespeare escribía poesía.” Este consejo da eco al mensaje de San Pablo en la segunda lectura hoy.
Pablo quiere que los cristianos vivan su elección no sólo al domingo sino todos los días de la semana. Desea que hagan lo correcto no sólo en la oración y al trabajo sino también al recreo y entre la familia. “No se dejen transformar por los criterios de este mundo,” escribe en la sección de la carta a los romanos que leemos hoy, “sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente…” Tomando en serio este consejo, una joven dejó su trabajo de servicio civil porque el ambiente era crudo. Dice ella que casi todos en la oficina usaban palabrotas todo el tiempo de modo que no pudieran aguantarla más que unas meses.
Mañana nosotros americanos observamos el Día de Trabajo. Transformados por el Espíritu Santo, deberíamos tomar este día en una manera diferente. Sí, deseemos descansar como todos y, tal vez, hacer una merienda con la familia. Sin embargo, también deberíamos reflexionar sobre el significado de trabajo – cómo nos permite participar con Dios en la creación de un mundo mejor. Asimismo, deberíamos agradecer a Dios por nuestro empleo que pone pan en la mesa y nos hace posible desarrollar nuestros talentos individuos. Finalmente, querremos echar una petición al Señor por aquellas personas sin empleo y aquellas cuyos trabajos apenas les proveen un techo para dormir seguros, mucho menos el cuidado médico para sobrevivir los trastornos de la vida.
(Romanos 12:1-2)
El reverendo doctor Martin Luther King, Jr., solía alentar a la gente que rindieran el mejor trabajo posible. Decía: “Si un hombre es llamado a ser un barrendero, debería barrer las calles como Miguel Ángel pintaba o como Beethoven componía música o como Shakespeare escribía poesía.” Este consejo da eco al mensaje de San Pablo en la segunda lectura hoy.
Pablo quiere que los cristianos vivan su elección no sólo al domingo sino todos los días de la semana. Desea que hagan lo correcto no sólo en la oración y al trabajo sino también al recreo y entre la familia. “No se dejen transformar por los criterios de este mundo,” escribe en la sección de la carta a los romanos que leemos hoy, “sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente…” Tomando en serio este consejo, una joven dejó su trabajo de servicio civil porque el ambiente era crudo. Dice ella que casi todos en la oficina usaban palabrotas todo el tiempo de modo que no pudieran aguantarla más que unas meses.
Mañana nosotros americanos observamos el Día de Trabajo. Transformados por el Espíritu Santo, deberíamos tomar este día en una manera diferente. Sí, deseemos descansar como todos y, tal vez, hacer una merienda con la familia. Sin embargo, también deberíamos reflexionar sobre el significado de trabajo – cómo nos permite participar con Dios en la creación de un mundo mejor. Asimismo, deberíamos agradecer a Dios por nuestro empleo que pone pan en la mesa y nos hace posible desarrollar nuestros talentos individuos. Finalmente, querremos echar una petición al Señor por aquellas personas sin empleo y aquellas cuyos trabajos apenas les proveen un techo para dormir seguros, mucho menos el cuidado médico para sobrevivir los trastornos de la vida.
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Homilía para el Domingo, 24 de agosto de 2008
Homilía para el XXI Domingo Ordinario
(Mateo 16:13-20)
La directora hablaba de la construcción de su escuela. Dijo que fue construida de materiales tan sólidas que ahora los trabajadores tienen que esforzarse para llegar a los problemas. Es como Simón en el evangelio hoy. Jesús lo llama “Pedro” porque su constitución es tan sólida como una piedra.
Sin embargo, Pedro hace errores. Recordamos como en el evangelio hace dos semanas Pedro comienza a hundirse, y Jesús lo llama “hombre de poca fe.” El mismo Simón va a negar a Jesús cuando lo llevan a la casa del sumo sacerdote la noche antes de la crucifixión. Entonces, ¿cómo puede Simón servir como el cimiento de la Iglesia?
La clave para una contesta adecuada reside en el reconocimiento de Jesús sobre la autoridad de Simón. Cuando Pedro nombra a Jesús “el Mesías, el Hijo de Dios vivo,” Jesús dice que “ningún hombre sino mi Padre” ha revelado esta percepción a él. En cuanto Simón sigue la inspiración de Dios, él sirve como cimiento fuerte. Pero cuando desvía de Su guía para seguir los modos típicamente humanos, se cae de bruces. Ciertamente la historia de los papas indica la necesidad de seguir la autoridad de Dios. En cuanto los papas hayan basado sus acciones en la Escritura y la Tradición, han llevado la Iglesia a nuevas alturas. El papado de Juan Pablo II da buen testimonio de todo esto. Sin embargo, cuando han desviado de los modos de Dios, como algunos papas durante el renacimiento, han causado escándalos y rebeliones.
Como Simón Pedro, nosotros debemos seguir la inspiración de Dios. Esto tiene que ver con no sólo cómo actuamos al domingo sino también del lunes hasta sábado. ¿Maldecimos el tráfico? Dios nos tendría rezando por aquellos que se han involucrado en el accidente. ¿Cuidamos menos los detalles cuando nadie nos mira en el trabajo? Dios querría que hagamos siempre el mejor trabajo posible. Cuando seguimos la inspiración de Dios, Jesús nos llamará a nosotros como a Simón, “Dichoso eres tú,” Juanita o José o Wilmo.
(Mateo 16:13-20)
La directora hablaba de la construcción de su escuela. Dijo que fue construida de materiales tan sólidas que ahora los trabajadores tienen que esforzarse para llegar a los problemas. Es como Simón en el evangelio hoy. Jesús lo llama “Pedro” porque su constitución es tan sólida como una piedra.
Sin embargo, Pedro hace errores. Recordamos como en el evangelio hace dos semanas Pedro comienza a hundirse, y Jesús lo llama “hombre de poca fe.” El mismo Simón va a negar a Jesús cuando lo llevan a la casa del sumo sacerdote la noche antes de la crucifixión. Entonces, ¿cómo puede Simón servir como el cimiento de la Iglesia?
La clave para una contesta adecuada reside en el reconocimiento de Jesús sobre la autoridad de Simón. Cuando Pedro nombra a Jesús “el Mesías, el Hijo de Dios vivo,” Jesús dice que “ningún hombre sino mi Padre” ha revelado esta percepción a él. En cuanto Simón sigue la inspiración de Dios, él sirve como cimiento fuerte. Pero cuando desvía de Su guía para seguir los modos típicamente humanos, se cae de bruces. Ciertamente la historia de los papas indica la necesidad de seguir la autoridad de Dios. En cuanto los papas hayan basado sus acciones en la Escritura y la Tradición, han llevado la Iglesia a nuevas alturas. El papado de Juan Pablo II da buen testimonio de todo esto. Sin embargo, cuando han desviado de los modos de Dios, como algunos papas durante el renacimiento, han causado escándalos y rebeliones.
Como Simón Pedro, nosotros debemos seguir la inspiración de Dios. Esto tiene que ver con no sólo cómo actuamos al domingo sino también del lunes hasta sábado. ¿Maldecimos el tráfico? Dios nos tendría rezando por aquellos que se han involucrado en el accidente. ¿Cuidamos menos los detalles cuando nadie nos mira en el trabajo? Dios querría que hagamos siempre el mejor trabajo posible. Cuando seguimos la inspiración de Dios, Jesús nos llamará a nosotros como a Simón, “Dichoso eres tú,” Juanita o José o Wilmo.
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Homilía para el Domingo, 17 de agosto de 2008
El XX Domingo Ordinario
La mujer cananea viene humildemente a Jesús. Aunque no es judía, lo saluda como el Mesías esperado. Grita: “Señor, hijo de David, ten compasión de mi….” Que no faltemos a imitarla. Que no seamos ni tímidos ni orgullosos a pedir al Señor su apoyo cuando andamos apurados. Ninguna tarea es demasiado frívola y ninguna causa es demasiado desesperada para rezar, “Señor, ten compasión de mí.”
Cuando Jesús se entera de la hija endemoniada, él no responde. Queremos saber ¿qué lo cohíbe? Jesús mismo nos contesta que no ha sido enviado sino a los Israelitas. Hace sentido cuando nos damos cuenta que cada vez que Jesús realiza un acto de poder le causa dificultad. La gente viene en cantidades tan numerosas que no puede entrar los pueblos ni descansar en las afueras. Si comenzara a curar a los no judíos, le desviaría completamente de su misión prioritaria a los judíos.
Pero la mujer no se permite a ser vencida. Si la humildad es un aprecio verdadero de sí misma, ella humildemente se reconoce como persona dependiente de Dios. Le dice de pura necesidad, “Señor, ayúdame.” Tanto como ella, nosotros tenemos que estar humildes ante Dios. Humilde viene de la palabra latina humus que quiere decir tierra. Todos nosotros humanos quedamos dependientes de Dios el cual nos formó de la tierra y nos guarda en existencia.
La respuesta de Jesús a la mujer casi nos escandaliza. Dice, “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselos a los perritos.” En nuestro mundo orientado a ser políticamente correcto este comentario parece rudo. Sin embargo, los judíos a menudo referían a los no judíos como perros al tiempo de Jesús como algunos hoy en día llamamos a nuestros seres queridos por el sobrenombre “gordo” o “viejo.” De todos modos la mujer no oye las palabras como un insulto sino como prueba de fe. Una vez más responde humildemente, “…también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”
Entonces Jesús se revela no sólo compasivo sino también flexible en sus diseños. Él arriesga la posibilidad de hacerse inundado de peticiones por conceder lo que suplica la mujer. Nos sirve como un ejemplo cuando sentimos agotados o sobrecogidos. Casi siempre podemos acomodar a una persona de más, sea a la mesa si somos amos de casa o sea al confesionario si somos sacerdotes. Ciertamente, tenemos que poner límites pero muchas veces estos admiten excepciones.
El marinero con pelo bien esquilado sostuvo la puerta abierta para los extranjeros en el día de su graduación del entrenamiento básico. A lo mejor dos meses anteriormente les habría dado la espalda. Sin embargo, la humildad que viene con el buen corte de pelo le ha servido como gran maestra. Le ha sido la entrada a la disciplina y la cortesía tanto como nos permite a pedir al Señor por nuestras necesidades. Como una vid de sandía depende de agua, somos dependientes de Dios. Que no faltemos a pedirle ayuda.
(Mateo 15:21-28)
El papa San Gregorio Magno era moralista celebre. En un escrito San Gregorio hace hincapié en la humildad. La llama “madre y maestra de toda virtud.” Como madre, la humildad nos advierte del egoísmo, que estorba el crecimiento de la virtud como mala hierba la vid de sandía. Como maestra, la humildad no teme hacer errores que nos enseñan segura si difícilmente. En el evangelio hoy la humildad permite a una mujer conocer el poder salvador de Jesús.La mujer cananea viene humildemente a Jesús. Aunque no es judía, lo saluda como el Mesías esperado. Grita: “Señor, hijo de David, ten compasión de mi….” Que no faltemos a imitarla. Que no seamos ni tímidos ni orgullosos a pedir al Señor su apoyo cuando andamos apurados. Ninguna tarea es demasiado frívola y ninguna causa es demasiado desesperada para rezar, “Señor, ten compasión de mí.”
Cuando Jesús se entera de la hija endemoniada, él no responde. Queremos saber ¿qué lo cohíbe? Jesús mismo nos contesta que no ha sido enviado sino a los Israelitas. Hace sentido cuando nos damos cuenta que cada vez que Jesús realiza un acto de poder le causa dificultad. La gente viene en cantidades tan numerosas que no puede entrar los pueblos ni descansar en las afueras. Si comenzara a curar a los no judíos, le desviaría completamente de su misión prioritaria a los judíos.
Pero la mujer no se permite a ser vencida. Si la humildad es un aprecio verdadero de sí misma, ella humildemente se reconoce como persona dependiente de Dios. Le dice de pura necesidad, “Señor, ayúdame.” Tanto como ella, nosotros tenemos que estar humildes ante Dios. Humilde viene de la palabra latina humus que quiere decir tierra. Todos nosotros humanos quedamos dependientes de Dios el cual nos formó de la tierra y nos guarda en existencia.
La respuesta de Jesús a la mujer casi nos escandaliza. Dice, “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselos a los perritos.” En nuestro mundo orientado a ser políticamente correcto este comentario parece rudo. Sin embargo, los judíos a menudo referían a los no judíos como perros al tiempo de Jesús como algunos hoy en día llamamos a nuestros seres queridos por el sobrenombre “gordo” o “viejo.” De todos modos la mujer no oye las palabras como un insulto sino como prueba de fe. Una vez más responde humildemente, “…también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”
Entonces Jesús se revela no sólo compasivo sino también flexible en sus diseños. Él arriesga la posibilidad de hacerse inundado de peticiones por conceder lo que suplica la mujer. Nos sirve como un ejemplo cuando sentimos agotados o sobrecogidos. Casi siempre podemos acomodar a una persona de más, sea a la mesa si somos amos de casa o sea al confesionario si somos sacerdotes. Ciertamente, tenemos que poner límites pero muchas veces estos admiten excepciones.
El marinero con pelo bien esquilado sostuvo la puerta abierta para los extranjeros en el día de su graduación del entrenamiento básico. A lo mejor dos meses anteriormente les habría dado la espalda. Sin embargo, la humildad que viene con el buen corte de pelo le ha servido como gran maestra. Le ha sido la entrada a la disciplina y la cortesía tanto como nos permite a pedir al Señor por nuestras necesidades. Como una vid de sandía depende de agua, somos dependientes de Dios. Que no faltemos a pedirle ayuda.
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Homilía para el Domingo, 10 de agosto de 2008
El XIX Domingo Ordinario
(Mateo 14-22-33)
La novela Moby Dick tiene que ver con la caza be ballenas. Comienza en la ciudad de puerto de New Bedford, Massachusetts. Allá se encuentra una iglesia cuyo púlpito es la proa de una nave. Como la iglesia en Moby Dick es como un barco, en el evangelio hoy la barca de los discípulos representa la Iglesia.
Los discípulos solos en la barca significan la Iglesia de Cristo después de su muerte y resurrección. Tiene que hacer frente a varias pruebas como la persecución y la herejía sin la presencia de su fundador. Por eso, se ve la barca sacudida por las olas contrarias. Hoy día una fuerte ola contraria que la Iglesia enfrenta es el relativismo moral. Esta amenaza dice que no existen valores perennes sino todos valores son apegados a la edad. Por ejemplo, el relativismo permitiría el matrimonio entre dos hombres o dos mujeres porque, según ello, actualmente el matrimonio existe sólo para facilitar la conveniencia de dos personas humanas.
Sin embargo, la Iglesia mirando las enseñanzas de Jesús sabe que el matrimonio homosexual no es posible. Dios ha creado el hombre y la mujer a unirse para que tengan prole y aumenten el amor mutuo. El evangelio retrata la necesidad de mantener las enseñanzas del Señor por el intercambio entre Pedro y Jesús caminando sobre las aguas. En cuanto Pedro fije sus ojos en el Señor, no va a sucumbir a las olas. Pero el momento en que mueva sus ojos de Jesús, comienza a hundirse.
El evangelio también enseña que Jesús jamás está lejos de la Iglesia. Más bien, siempre está disponible para apoyar tanto a nosotros fieles como a los líderes apurados. Su asistencia no es una fantasma como temen los discípulos en la barca. Simplemente tenemos que confiar en su ayuda por llamarlo con la insistencia. Jesús siempre está listo para ayudarnos.
(Mateo 14-22-33)
La novela Moby Dick tiene que ver con la caza be ballenas. Comienza en la ciudad de puerto de New Bedford, Massachusetts. Allá se encuentra una iglesia cuyo púlpito es la proa de una nave. Como la iglesia en Moby Dick es como un barco, en el evangelio hoy la barca de los discípulos representa la Iglesia.
Los discípulos solos en la barca significan la Iglesia de Cristo después de su muerte y resurrección. Tiene que hacer frente a varias pruebas como la persecución y la herejía sin la presencia de su fundador. Por eso, se ve la barca sacudida por las olas contrarias. Hoy día una fuerte ola contraria que la Iglesia enfrenta es el relativismo moral. Esta amenaza dice que no existen valores perennes sino todos valores son apegados a la edad. Por ejemplo, el relativismo permitiría el matrimonio entre dos hombres o dos mujeres porque, según ello, actualmente el matrimonio existe sólo para facilitar la conveniencia de dos personas humanas.
Sin embargo, la Iglesia mirando las enseñanzas de Jesús sabe que el matrimonio homosexual no es posible. Dios ha creado el hombre y la mujer a unirse para que tengan prole y aumenten el amor mutuo. El evangelio retrata la necesidad de mantener las enseñanzas del Señor por el intercambio entre Pedro y Jesús caminando sobre las aguas. En cuanto Pedro fije sus ojos en el Señor, no va a sucumbir a las olas. Pero el momento en que mueva sus ojos de Jesús, comienza a hundirse.
El evangelio también enseña que Jesús jamás está lejos de la Iglesia. Más bien, siempre está disponible para apoyar tanto a nosotros fieles como a los líderes apurados. Su asistencia no es una fantasma como temen los discípulos en la barca. Simplemente tenemos que confiar en su ayuda por llamarlo con la insistencia. Jesús siempre está listo para ayudarnos.
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