El domingo, 23 de septiembre de 2012

EL XXV DOMINGO ORDINARIO
 

(Sabiduría 2:12.17-20; Santiago3:16-4:3; Marcos 9:30-37
 

Se llama el fenómeno el “sexo ocasional”.  Se ha identificado como signo de la corrupción de nuestros tiempos.  Se refiere a la práctica de jóvenes hoy de tener relaciones íntimas con una persona una noche, entonces buscar a otra pareja para juntarse por la próxima noche.  Es la vida dada al placer sin compromiso ni pago.  Santiago se dirige a este tipo de inmoralidad en la segunda lectura a través de este mes.
 

Por los cinco domingos de septiembre este año escuchamos tramos de la carta de Santiago.  Suenan como los sermones antiguos exhortándonos a cambiar los modos o pasar la eternidad quemando en el infierno.  Según Santiago su tiempo es corrupto con la gente siempre siguiendo sus pasiones e ignorando a los pobres en su medio.   ¿No diríamos la misma cosa del día hoy?  No sólo los jóvenes practican el sexo ocasional sino también hay entre 10 y 15 millones personas en los Estados Unidos tomando alcohol al exceso, por decir nada del problema de la obesidad.  Entretanto, uno de seis americanos vive en la pobreza, y la desigualdad de ingresos entre ricos y pobres sigue creciendo.  Es cierto, los lamentos de los tiempos bíblicos encuentran eco en la actualidad.   De hecho, nunca se han callado completamente.  Por eso, se puede decir que siempre hay necesidad de leer la carta de Santiago.
 

Curiosamente, se ha tratado de descreditar la carta de Santiago a través de los siglos.  En los primeros siglos de Cristianismo ella fue una de las últimas obras de ser incluidas en la Biblia.  En el siglo XVI el reformista Martín Lutero la llamó un libro “de paja” porque insiste mucho en buenas obras y no tanto en la fe.  Otros analistas han faltado la carta por mencionar el nombre del Señor Jesús sólo dos veces.  ¿Sería mejor esconderla con los pasajes de la Biblia que cuenta de aplastar los cráneos de bebés?
 

Tal resolución no nos serviría bien.  Pues la carta de Santiago nos exige que vivamos en conforme con el nombre de Cristo que llevamos.  El domingo pasado nos enseñó que solamente estaríamos engañando a nosotros mismos si proclamamos la fe sin hacer obras de caridad.  Este domingo la lectura parece poner el dedo en el pulso por recordarnos que nuestros problemas están causados por las pasiones desordenadas.  ¿Cuál familia de un jugador empedernido no diría la misma cosa? Al próximo domingo vamos a escucharla decir que la sociedad a menudo defrauda a los pobres mientras los ricos andan bien vestidos con oro y plata en sus bolsillos.  Asimismo, la Carta de Santiago respalda lo que Jesús muestra a través de su vida: que se proclama el Reino de Dios por hacer obras de caridad no simplemente por evitar el mal.
 

Hay otro tema céntrico que nos resalta la Carta de Santiago.  Nuestra salvación – eso es, el crecimiento del alma a la estatura de un santo – procede de ambos la disciplina de las pasiones y el empeño de hacer la justicia.  Muchas veces se nos olvida de esta verdad en el perseguimiento de la vida.  Una escritora recientemente comentó que las jóvenes que practican el sexo ocasional no se demoran en terminar sus estudios y ganar salarios altos.  Sí, es posible que se hagan “exitosos” en el sentido corriente de la palabra, pero en el proceso a lo mejor pierden sus almas.  Pues, el propósito de la vida es mucho más que ganar poder, plata, y prestigio.  Es tener el alma doblada a la compasión y la verdad.  La Carta de Santiago no nos hace olvidar esta lección.
 

Veamos a nuestros niños y nietos.  ¿Cuál tipo de persona querríamos que sean en veinte o triente años?  ¿Bien vestidos con oro y plata en sus bolsillos?  Tal vez sí.  Pero más que ser ricos y exitosos según las medidas corrientes queremos que sean como el Señor Jesús.  Queremos que controlen las pasiones para no caer en el exceso y doblen el codo para ayudar a los pobres.  Que controlen a las pasiones y ayuden a los pobres.

El domingo, 16 de septiembre de 2012

XXIV DOMINGO ORDINARIO
 
(Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35)

 
Sea un drama de Shakespeare o sea un cine como Batman, siempre se ve la misma cosa.  Al mero centro de la historia, el protagonista tiene un momento de alumbramiento.  Desde esta crisis la acción desenvuelve a la conclusión.  En Batman: el Caballero de la Noche Asciende el héroe está retirado cuando los malvados desenlazan la trama para tomar poder de la metrópolis.  Dándose cuenta del peligro, Batman recupera todas sus fuerzas para derrotar al enemigo.  En un sentido el evangelio de Marcos asemeja esta trayectoria.  Al centro de la obra, que tenemos en la lectura hoy, Jesús inicia el diálogo que indica su destino.   A la misma vez nos propone un interrogante que determinará lo nuestro.
 

Jesús pregunta a sus discípulos, “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”  No es un joven buscando su propia identidad.  No, él sabe bien quien es y lo que tiene que hacer.  Más bien, con el interrogante Jesús nos permite a escoger lo que será nuestro objetivo de vida.  Si respondemos, como “la gente” en el pasaje, que Jesús es “alguno de los profetas”, entonces querríamos seguir sus consejos pero sólo hasta un punto.  Pues, los profetas son famosos como idealistas que no se corresponden a la vida regular.  Hoy día los profetas urgen que abandonemos nuestros carros y tomemos los trenes para salvar el planeta.  Sin embargo, no es probable que muchos siguen su amonestación ni que se mejora significantemente la tierra.  Otra respuesta del interrogante imagina a Jesús como un ingenuo malvado que debe ser rechazado.  Según las ideas del autor Ayn Rand, el cumplimiento del mandamiento de Jesús a sacrificarse por el otro sólo haría la sociedad más injusta.  Con este tipo de pensar el hombre alcanza a la plenitud cuando realiza todo lo que sus instintos naturales deseen.
 

Pero para nosotros Jesús es apenas meramente un profeta -- una portavoz de Dios – mucho menos un tonto para rechazar rotundamente.  Más bien lo reconocemos como Dios encarnado cuyas palabras valen nuestra adhesión más íntima.  Por él moriríamos desde que ha prometido a sus fieles la vida eterna.  A lo mejor la respuesta de Pedro -- “Tu eres el Mesías” – significa solamente una sombra de nuestra fe.  Pues, para Pedro en la región de Cesarea de Filipo el Mesías es el guerrero que liberaría a Israel de sus opresores.  Viene en el estilo de David cuyas victorias militares hizo Israel independiente y rico.  Pedro y compañeros se darían sus vidas batallando por el Mesías porque de este modo ganarían la estima de un pueblo orgulloso.  Pero no es imaginable a ellos que el Mesías moriría en la lucha para la libertad.  Escogido por Dios, se garantiza su victoria tan ciertamente como el levantar del sol en la madrugada. 
 

Por eso, Jesús tiene que corregir su concepto del Mesías sin rechazar el título.  Les explica a sus discípulos con términos tan gravosos como el árbitro de boxeo haciendo la cuenta atrás.  Dice que tiene que padecer, tiene que ser rechazado, y tiene que ser entregado a la muerte antes de que logre cualquier victoria.  Es el misterio del amor divino que todavía confunde a muchos.  “¿Por qué – mucha gente preguntará – una joven se daría a sí misma al cuidado de los desahuciados de cáncer con las Hermanas Dominicas de Hawthorne?”  No es loca ni tiene ella un deseo de muerte.  Más bien quiere seguir al salvador.

 
¿También nosotros tenemos que entregar la vida para seguir a Jesús?  El evangelio no demora a responder que sí, es necesario. Pero Jesús especifica a sus discípulos que cada uno tiene que cargar su propia cruz.  Para ninguno es fácil, para algunos – la madre con el hijo con la parálisis cerebral – parece onerosa.  Y para todos es posible porque marchamos en las huellas de Jesús.  Él nos guía y nos apoya.  Siguiendo a Jesús, un hombre atendiendo a su esposa de docenas de años ya completamente restringida a la cama dice con todo candor, “Le amo más ahora que el día en que nos casamos”.

 
Los marineros están acostumbrados a examinar los cielos para la estrella polar.   Pues, por colocarla pueden determinar en cuál dirección están dirigidos.  La estrella polar les sirve a los marineros como la pregunta de Jesús a nosotros: “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”  Si nuestra respuesta es “el Dios encarando”, que lo sigamos con todas fuerzas.  Que lo sigamos con todas fuerzas.


 

El domingo, 9 de septiembre de 2012

EL XXIII DOMINGO ORDINARIO

(Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)

 
El venerable sacerdote queda en silencio. Ya se acaba la conferencia.  Asistió en ella pero realmente no participó en ella.  Pues es sordo.  A través de los años ha llevado varios aparatos para ayudarle escuchar sin mucho éxito.  Sí, de vez en cuando discierne unas palabras, sea por el sonido o sea por leer los labios.  Sin embargo, no puede conversar con otra persona sin el colocutor apuntando lo que dice.  A un sordo como éste Jesús se le dirige en el evangelio hoy.
 

La gente lo lleva a Jesús.  Quiere que le cure de su sordera y la incapacidad de hablar claramente.  En un sentido la condición describe a muchos nosotros hoy en día.  Pues difícilmente comunicamos nuestros interiores a otras personas, aun a nuestros seres más queridos.  No es que tengamos dificultad de hablar de nuestro equipo de fútbol.  Algunos aun hablan con sensatez de las campañas políticas.  Pero nos cuesta revelar los temores e ilusiones más profundas, a decir nada de nuestros fracasos.  Y cuando una persona trata de hacerse sincera con nosotros, estamos inclinados a defendernos de la intimidad con chistes.  Es como si prefiriéramos quedar sordos a las murmuraciones del corazón.
 

Se ha creado un espacio de compartir del corazón en los grupos de Alcohólicos Anónimos.  La comprensión de los asistentes facilita el compartir tanto de ilusiones como de faltas.  Por eso, el famoso psiquiátrico Scott Peck describió la fundación de AA como uno de los eventos más importantes del siglo veinte.  Ahora se duplica el ambiente de AA por personas con todos tipos de dificultades desde obsesiones de comer hasta el luto sobre la pérdida de un hijo.  Siempre es un proceso de individuos reconociendo sus propias faltas y aceptando a los demás en afecto mutuo.  En la lectura Jesús prepara al hombre para participar en tal grupo.  Mete sus dedos en los oídos del sordo, le toca la lengua, y emite la palabra, “¡Effetá!” que quiere decir “Ábrete”.   Las acciones indican la expulsión de un demonio para liberar al hombre.  Es como el sordo una vez suelto de su cargo malvado ya podría contar la trayectoria de su vida.


La comunidad cristiana debería ser un grupo donde se puede expresar tanto la contrición de pecados como la esperanza para una vida mejor.  De hecho, es.  La Iglesia constantemente invita a los fieles a reunirse en grupos para compartir la fe.  Los cursillistas son famosos por las “ultreyas” donde se congregan cada ocho días para compartir los altibajos del discipulado de Jesús.  Los grupos de oración tienen una finalidad semejante.  Más deliberadamente, las comunidades pequeñas de Renacer y “¿Por qué ser católico?” han servido para abrir nuestros oídos y lenguas en apoyo mutuo.

 
“Está bien – pensamos pero sigue la inquietud -- ¿por qué no vemos milagros ahora como Jesús hace en el evangelio?”  Pero la verdad es lo que llamamos como “milagros” en el evangelio por la mayor parte no se entienden como trastornos de la naturaleza.  Más bien son señales de la venida de Dios que sigue hacerse presente ahora en formas distintas.  Dios ilumina la mente de los científicos para inventar nuevas curas.  Más relevante, Dios impulsa a gente como nosotros a ofrecer esmerado servicio por el otro.  Se ve este servicio en un jubilado que va a dos hospitales cuatro días por semana consolando y aconsejando a las víctimas de derrame cerebral y a sus familias.  Este tipo de compromiso – que se puede ver en medio de cada uno de nosotros – nos deja con el mismo halago con que la gente da a Jesús, “¡Qué bien lo hace todo!”

 
Ahora, once años después de “once de septiembre”, muchos norteamericanos han olvidado la profundidad de ese momento.  Para aquellos que perdieron a seres queridos en los ataques fue un tiempo de confusión y tristeza indecible.  Pero la mayoría de nosotros experimentamos la necesidad de compartir del corazón.  Quisimos reconocer nuestras faltas a nuestros familiares y contarles de nuestro afecto.  Fue un tiempo de “¡Effetá!” (ábrete).  Es como si fuéramos hechos por tal compartir pero nos faltaba un desastre para abrirnos a ello.  Es cierto.  Nos faltaba un desastre para abrir el corazón.


El domingo, 2 de septiembre de 2012


EL XXII DOMINGO ORDINARIO

 
(Deuteronomio 4:1-2.6-8; Santiago 1:17-18.21-22.27; Marcos 7:1-8.14-15.21-23)


Las campañas políticas ya han comenzado.  Vemos su progreso en las noticias.  Los periodistas viajando con los candidatos siempre descubren algo de contarnos.  Quizás pensemos que los evangelistas actúan como estos periodistas.  Los imaginamos como siguiendo a Jesús apuntando todo lo que hace y una vez que resucita de la muerte escribiendo sus evangelios.  Pero tal concepto de la formación del evangelio no conforma con la evidencia que nos queda.

 

Ahora se sabe que la formación de los evangelios tuvo lugar en tres etapas distintas.  En primer lugar hubo los dichos y hechos de Jesucristo.  Estamos ciertos que el hizo maravillas y contó parábolas para transmitir el amor de su Padre Dios.  La memoria de estos actos relatada a los pueblos por los apóstoles comprende la segunda etapa de la formación de los evangelios.  Los apóstoles – los doce y varios otros como san Pablo -- se dispersaron llevando los cuentos de Jesús a los rincones de la tierra conocida.  Finalmente después de cuarenta, cincuenta y posiblemente sesenta años estuvieron los evangelistas listos de poner todo lo que se decía de Jesús en la forma de una historia completa.  Ninguno de los cuatro era compañero de Jesús aunque sí sus compañeros les dejaron la información de él.

 

A lo mejor el relato del evangelio hoy está arraigado en el tiempo de la predicación de los apóstoles.  A sus oyentes griegos les interesan los cuentos de Jesús, pero no quieren hacerse judíos.  Pues están acostumbrados a comer la carne del cerdo, y se preocupan de la cuestión de la circuncisión.  Los predicadores recuerdan que una vez el Señor criticó a los fariseos por ser fastidiosos con lo que entren en la boca pero relativamente descuidados de lo que sale.  Entonces para dar acogimiento a los griegos, dicen que el Señor permitió que se comiera cualquier cosa en cuanto que no echen mentiras o cometan adulterio.  No traicionan a Jesús, sino responden al interrogante, “¿Qué diría Jesús si estuviera aquí predicando a estos paganos?”  Ciertamente Jesús no permitiría lo más fácil sino mandaría lo que conforme a la voluntad de Dios Padre que sólo él sabe perfectamente bien.

 

Ahora nos enfrentan varios retos nuevos ante los cuales tenemos que preguntar con los apóstoles, “¿Qué diría Jesús…?”.  Cada rato la ciencia nos trae casos que ni siquiera imaginaban en tiempos bíblicos.  Las cuestiones abundan particularmente en las primicias y los finales de la vida.  ¿Qué familia no ha habido que luchar con la decisión de terminar el uso del respirador para un ser querido?  Vamos a tratar dos situaciones graves en las cuales se tiene que determinar, “¿Qué diría Jesús…?”

 

Una pareja muy amorosa quiere tener a su propio hijo.  Se han casado por varios años pero no han tenido ningún hijo.  Van al médico que recomienda que traten de concebir por la fertilización in vitro, eso es, en un platillo de vidrio.  En este proceso se toma el óvulo de la mujer y la esperma del hombre para unirlos en el laboratorio.  Los médicos han producido embriones con este método, pero fracasan más que logran su objetivo.  De todos modos, pensando como Jesús la Iglesia ha condenado la fertilización in vitro.  Juzga que es una manipulación de la vida en el momento más significante para la pareja.  Razona que la criatura debe ser concebida por el acto de intimidad matrimonial, no por procedimientos científicos.  Pues, es don de Dios para ser apreciado, no meramente un bien para satisfacer los deseos de sus padres.

 

Hoy en día está creciendo el rechazo de la sonda de alimentación.  Aunque puede salvar la vida, algunos temen que el enfermo quedaría con dificultades que simplemente no valen el aguantar.  Recientemente una profesora universitaria escribió un libro sobre la ordalía de su hija que no estuvo consciente por ocho meses después de ser atropellada por un carro.  Dice la profesora que los médicos, creyendo que la joven estaba en un “estado vegetal permanente”,  querían sacarle la sonda de alimentación.  Sin embargo, sus padres insistieron que pudiera recuperarse. Después de doce años y con gran esfuerzo, la joven ha recobrado al menos una parte de su vida anterior.  Pero no sólo ella ha mejorado con el proceso.  Toda la familia ha crecido como personas humanas en la lucha para salvar su vida.

 

Realmente no es misterio: “¿Qué diría Jesús si estuviera aquí?”  Pues, está aquí en la presencia de la Iglesia y de cada uno bautizado en su muerte y resurrección.  Siempre nos urge que amemos al otro.  Pero nos asegura que el amor no es simplemente el satisfacer de los deseos.  Más al caso el amor es enfrentar los retos de la vida por el bien de la otra persona.  El amor es enfrentar los retos de la vida por la otra persona.



 
 

El domingo, 26 de agosto

EL XXI DOMINGO ORDINARIO

 
(Josué 24:1-2.15-17.18; Efesios 5:21-32; Juan 6, 55.60-69)


No es inaudito que un atleta abandone su equipo.  Puede ser para ganar más pago o para jugar más tiempo en el partido.  De todos modos, varios beisbolistas y futbolistas dejan su equipo hoy día para jugar con un otro.  En el evangelio hoy muchos discípulos dejan a Jesús pero para otro motivo.  Ellos no pueden aceptar su enseñanza sobre la Eucaristía.


A la primera escucha, el mensaje de Jesús suena bombástico.  ¿Cómo es su “carne… verdadera comida” y su “sangre…verdadera bebida”?  Pero Jesús no está hablando de una dieta balanceada sino de la comida espiritual que jamás agotará dando la vida.  Es la interiorización de sí mismo – sus palabras, sus virtudes, su espíritu del amor -- incorporadas en el pan consagrado que produce la vida eterna.  Es como si finalmente se hubiera producido la comida perfecta que no sólo fortalece el cuerpo sino suaviza las actitudes, enriquece los pensamientos, y mejora las acciones de la persona.

Sin embargo, no es su enseñanza sobre la Eucaristía que causa el éxodo de la Iglesia hoy día.  Más bien es otra doctrina referida en las lecturas hoy.  La Carta a los Efesios menciona cómo el marido y su esposa se hacen “una sola cosa”.  Según Jesús esta compenetración de los dos significa el vínculo permanente del matrimonio.  Entonces, porque la Iglesia les prohíbe la recepción de la Santa Comunión a los divorciados, a menudo la dejan.


La Iglesia valora el matrimonio como un patriota valora la bandera de su nación.  Eso es, lo ve como el símbolo del amor de Cristo para su pueblo.  La lectura de los Efesios describe el extenso de este amor cuando dice cómo el hombre y la mujer tienen que someterse a uno y otro.  ¿Quién no siente la presencia de Dios cuando escucha a un hombre declara que su amor para su esposa es más grande después de cincuenta años que en el día de su matrimonio?  O ¿quién no se edifica cuando escucha de una mujer desistiendo de toda actividad para cuidar a su esposo moribundo?  Algunos predicadores evitan este pasaje porque parece decir que el marido es a su esposa lo que el sargento es al soldado.  Interesantemente el Catecismo de la Iglesia Católica no dice nada sobre el sometimiento de la mujer.  Más bien, hace hincapié en la necesidad que el hombre ame a su esposa “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella…” Pudiéramos añadir que si la esposa debe someterse, es sólo para dejar al hombre sacrificarse por ella.


Vivimos en tiempos difíciles.  Los matrimonios no sólo deshacen con frecuencia sino también los jóvenes no quieren comprometerse en el matrimonio.  Más retador aún, la noción del “matrimonio gay” les hace pensar a muchos que el matrimonio es una invención plástica que se conforma a los antojos humanos. Tenemos que aprender de Jesucristo para salir de este bosque oscuro.  Como Dios él nos ama hasta darse a sí mismo como nuestra comida en la Eucaristía.  Así los matrimonios reflejan su amor cuando se le entrega a uno y otro.  Entonces el resto de nosotros, viendo el amor sacrificial tan cerca como la casa de nuestros tíos o nuestros vecinos, respondemos con el deseo de alabar a Dios y apoyar al otro.  Sí, viendo el amor en medio de nosotros, nos hace alabar a Dios y apoyar al prójimo.

El domingo, 19 de agosto de 2012

EL XX DOMINGO ORDINARIO

(Proverbios 9:1-6; Efesios 5:15-20; Juan 6:51-58)


Se ha dicho que el papa Benedicto no quiere que el pueblo reciba la Santa Comunión en la mano.  Pero no es la verdad.  En una entrevista hace tres años él clarificó su posición.  Dijo que no está en contra de recibir la Comunión en la mano.  Sin embargo, se da cuenta de que ha habido abuso.  Por ejemplo – él explicó –había un turista asistiendo en la misa en la basílica de San Pedro que tomó la hostia consagrada en mano y entonces la guardó en su billetera como un recuerdito de Roma.  Para enfatizar el significado apropiado a la Eucaristía, ahora Benedicto siempre da la Santa Comunión en la lengua.  Similarmente en el evangelio hoy Jesús utiliza términos fuertes para explicar el significado de la Santa Eucaristía.


Cuando Jesús propone su carne como comida, los judíos preguntan: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”  Sería una pregunta legítima para cualquier otra persona.  Pero Jesús ha demostrado su capacidad de hacer maravillas.  Él acaba de alimentar a cinco mil hombres con sólo cinco panes.  En lugar de preguntar: “¿Cómo él puede darnos a comer su carne?” deben estar pensando: “¿Cómo podemos nosotros aprovecharnos de su oferta?”  La respuesta ciertamente es más que extender la mano o la lengua. 


Jesús quiere despertar la fe del pueblo.  Para aprovecharse de la oferta de su carne, los judíos tienen que renovar su fe en el Dios de la vida por reconocer a Jesús como su enviado.  Eso es, tienen que dejar atrás las prioridades de la coveniencia y la comodidad.  En su lugar tienen que tomar por sí mismos las prioridades de Dios – procurar la suficiencia para las viudas y los derechos de los extranjeros.  Es como si la gente hubiera estado viviendo con catatares cubriendo sus ojos de modo que no vean la verdar.  Otras personas les parecen como objetos sin valor propio, y el propósito de la vida se ve en vivir haciendo el menos esfuerzo como posible.  Poner fe en Jesús, entonces, es como quitar las catatares.  Es ver a todos en la comunidad como hermanos que merecen la entrega de sí mismo y a los demás como dignos de respeto.  La Eucaristía ejemplifica perfectamente esta nueva manera de ver.  Pues, con ella Jesús entrega su propia vida para fortalecer a sus discípulos y para llamar a todos a sí mismo.


Hoy en día nosotros también tenemos que preguntarnos cómo podemos aprovecharnos de la carne de Jesús en la Eucaristía.  Una vez más requiere mayor esfuerzo que ponernos en la fila de Comunión.  Más bien, tiene que ver con vivir el discipulado de Jesús según las normas de la Iglesia.  No es que estas normas sean ni arbitrarias ni ingenuas.  Al contrario, provienen de dos mil años de experiencia formando una comunidad del amor.  Atañan tanto nuestro modo de creer como nuestro modo de actuar.  Si vamos a recibir la Comunión eficazmente, tenemos que creer que es el cuerpo de Jesús, no sólo un símbolo que nos recuerda de él.  Asimismo, antes de recibir la hostia, tenemos que pedir perdón por nuestras ofensas y, si son graves, conseguir la absolución del sacerdote.  Faltando el reconocimiento de nuestros pecados, nosotros estamos implicando que realmente no hay necesidad del sacrificio de Jesús.


¿Cuál católico no tiene foto de sí mismo recibiendo la Primera Comunión?  Nos muestra en vestido blanco con velo o en traje con corbata.  En nuestras manos aparece un rosario junto con un librito de rezos.  Ciertamente la foto representa algo más que un recuerdito de la niñez.  Más bien, es símbolo de nuestra participación en la comunidad de amor fortalecido por Cristo.  Sí, la Comunión es nuestra participación en la comunidad del amor.

El domingo, 12 de agosto de 2012

EL XIX DOMINGO ORDINARIO


(I Reyes 19:408; Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51)

Hace dos años el papa Benedicto visitó a Inglaterra.  Como persona graciosa, él ganó el respeto de los ingleses.  Pero antes de su llegada, había diferentes señales que iba a tener problemas.  Unos criticaron el costo de la visita al estado.  Otros pintaron al papa como racista porque la Iglesia no aprueba relaciones homosexuales.  Un grupo aun hablaba de arrestar al papa como criminal contra la humanidad.  Todas estas instancias pueden recordarnos de las murmuraciones contra Jesús en el evangelio hoy.
 

Los judíos se oponen a Jesús por su modo de hablar.  En la lectura ellos cuestionan su razón por decir: “Yo soy el pan vivo…”  Ahora sabemos que este lenguaje es el estilo del evangelista Juan para indicar la divinidad de Jesús.  Pues, “Yo soy quien soy” es cómo Dios se  reveló a sí mismo a Moisés.  No obstante, hay otra crítica fuerte levantado por los judíos que se encuentra también en los otros tres evangelios.  Los judíos desprecian a Jesús como el hijo del humilde carpintero de Nazaret.  Sin duda piensan como Natanael, el discípulo de Jesús, que dice en el principio del evangelio: “¿Puede salir algo bueno de Nazaret?”  Hoy en día no hay tanta animosidad contra Jesús.  Casi todos los pueblos lo respetan como un profeta de la antigüedad.  Pero esto no significa que lo reconozcan como Juan el evangelista.  Al contrario, muchas personas – aun en nuestra sociedad -- lo ven como no más grande que Moisés, Mohamed, o Martin Luther King. 


En lugar de poner fe en Jesús la gente contemporánea se confía en la ciencia como su salvador.  Cree  que las únicas verdades que valen vienen de los laboratorios científicos.  Piensa que la ciencia aplicada con su abanico de aparatos desde pulidores eléctricos para los zapatos hasta bluetooths para hacer llamadas telefónicas le producirá una vida feliz.  Particularmente le interesa la medicina como el medio para superar la muerte.  Recientemente se reportó de un científico que analiza todo lo que entra y sale de su cuerpo.  Junto con estos datos cada rato toma exámenes de sangre y aun MRIs completos para conseguir un conocimiento exacto de su salud.  Su objetivo es anticipar y arreglar cualquier enfermedad que vaya a tener.  Dice el científico que en el futuro la inmortalidad no es fuera de la posibilidad.  Si estuviera aquí, Jesús le contaría al científico que el camino de la vida eterna no va por la química sino sólo a través del arrepentimiento y creencia en el evangelio.

En la lectura Jesús cuenta que él viene para conferir la vida eterna a aquellos que creen en él.  Los dichosos aceptan su mensaje sobre la primacía del amor.  Este amor no es meramente un sentimiento vago de preocupación y mucho menos el deseo carnal.  No, el amor que vale la vida eterna se realiza con hechos de misericordia.  Jesús mostrará lo que significa cuando lava los pies a sus discípulos.  En tiempo los mismos seguidores se darán cuenta de que conocer a Jesús comprende el inicio de la vida eterna.  Sin embargo, la experiencia no dura por sólo un rato y desaparece como las flores del campo.  No, Jesús promete que permanecerá para siempre cuando les resucita a sus discípulos al último día. 

Aunque no vemos la ciencia como la resolución de los problemas de la existencia, tampoco queremos condenarla como enemigo de la fe.  Más bien, la ciencia acompaña la fe como portador de la verdad.  Las verdades naturales, que la ciencia investiga, dan testimonio a la gloria de Dios tanto como los actos de misericordia.  Por eso, debemos conformarnos a la mejor ciencia.  Como nos dicen los médicos, deberíamos evitar las grasas y los carbohidratos en exceso y tomar ejercicio diariamente.

Hay un retrato de san Martín de Porres que lo muestra con aureola alrededor de cabeza y probeta en mano.  Pues Martín era científico que probaba diferentes medicinas para curar enfermedades.  Y era santo por su entrega completa al Señor.  San Martín nos muestra que realmente la fe y la ciencia no se oponen uno al otro.  Más bien ambos la fe y la ciencia revelan la gloria de Dios por conferir la verdad.  Los dos revelan la gloria de Dios.