IV
DOMINGO ORDINARIO, 1 de febrero de 2026
(Sofonías
2,3.3,12-13; I Corintios 1,26-31; Mateo 5, 1-12ª)
El
evangelio de hoy relata el comienzo del discurso más famoso de la
historia. Como obra de retórica y como
esquema de una vida que vale, el Sermón del Monte no tiene igual. Su comienzo tiene fama por sí mismo. Las bienaventuranzas nos dan el retrato del
discípulo perfecto cuyo destino es no otro que el Reino de Dios. Se considera
Jesús sabio por poner en primer lugar el premio antes de
mencionar los sacrificios asociados.
La lectura empieza
con Jesús tomando asiento en un monte. El
monte representa el panteón de los dioses entre quienes Jesús, el “Hijo de
Dios”, tiene espacio. Se ponen sus
discípulos cerca de él y detrás de ellos, la muchedumbre. Jesús proclama,
“Dichosos…” o “Felices”, a nueve géneros de personas. Cada miembro de estos grupos merece la vida
eterna por haber realizado la justicia del Reino.
El primer género
mencionado es “los pobres de espíritu”.
Ellos viven pendientes de Dios en la vida y en la muerte, no de sus
propios recursos ni de la ayuda de los hombres.
No son perezosos y mucho menos presuntuosos. Solo reconocen que el objetivo de la vida
queda en Dios, no en cosas materiales. A
menudo se encuentra esta característica en los económicamente pobres, pero aun
los ricos pueden confiar sus vidas a Dios.
Santa Brígida de Suecia y Santa Isabel de Hungría fueron reinas de
naciones que tan pronto como pudieran compartieron sus riquezas con los indigentes.
“Los que
lloran” lloran por sus propios pecados o por el modo de que el mal ha arraigado
en el mundo. Con lágrimas en sus ojos
Santo Domingo gritaba: “¿Qué pasará con los pecadores?” Por supuesto, los que lloran solo imitan a
Jesús llorando en la entrada de Jerusalén (Lc 19,41). De hecho, Jesús es el modelo para cada una de
las bienaventuranzas.
“Los
sufridos” no insisten en sus propias agendas sino aceptan los designios
inescrutables de Dios. Bobby Jones era
uno de los mejores golfistas de la historia.
Cuando se puso tan enfermo que no pudiera competir más, le preguntaron
si resentía lo que le pasó. No, dijo, “…
en el golf como en la vida, hay que jugar la pelota donde se queda”. Jesús promete que los sufridos “heredarán la
tierra”. Pero no tiene en cuenta ningún
terreno mundano sino el Reino de Dios.
En su lista
de bienaventuranzas el Evangelio de Lucas hace relieve en la privación física
mientras Mateo expande el alcance de la privación. La cuarta bienaventuranza sirve como
ejemplo. Lucas tiene a Jesús diciendo: “¡Felices
ustedes, los que ahora tienen hambre …!” Los biblistas comentan que probablemente
Jesús habló así con estilo de los profetas hebreos. Pero Mateo tiene en cuenta el mensaje de la trayectoria
entera de la vida de Jesús: cómo sirvió y cómo murió. Por eso lo recuerda diciendo: “’Dichosos los
que tienen hambre y sed de justicia’”.
Los dichosos de Mateo tiene un hambre y sed espiritual para vivir
siempre en conforme con la voluntad de Dios.
En los evangelios Jesús nunca transgreda la Ley. Hasta la muerte siguió los directivos del Padre. Eric Liddell era un atleta de Escocia
competiendo en las olimpiadas de 1924. Cuando
se fijaron las pruebas para los 100 metros lisos en domingo, Liddell se negó a
participar. Consideró que correr en domingo violaba el Tercer Mandamiento. Con una vida orientada así, Liddell logró en
el fin la satisfacción de los deseos más altos de su corazón. Murió como mártir misionero en China durante
la Segunda Guerra Mundial.
En sus
enfrentamientos con los fariseos, Jesús les advierte: ustedes “pagan el diezmo
de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: la
justicia, la misericordia y la fidelidad!” (23,23). La misericordia siempre
exigirá del individuo más que el simple cumplimiento de las minucias de la
ley. A los discípulos de Cristo no les
falta mostrarla. Son ellos que el Señor
elegirá cuando venga al último día. Los
misericordiosos incluyen miembros de otras religiones. En las regiones de
África afectadas por los terroristas de Boko Haram, las familias musulmanas han
escondido a cristianos en sus casas, arriesgándose a sufrir represalias
mortales.
El Señor
Bill Tomes era un hombre de negocios de Chicago. En el medio de su carrera, se quitó el traje
y corbata para vestirse en un hábito religioso de mezclilla azul. Comenzó a trabajar entre las pandillas de su
ciudad. Cuando se enteraba de una pelea
entre las pandillas, se ponía en medio de los dos lados hasta que cesaran
disparando. Es el tipo de persona que
Jesús tiene en cuenta cuando dice: “Dichosos los que trabajan por la paz”.
Las últimas
dos bienaventuranzas son realmente solo una.
Jesús pronuncia “dichosos” a aquellos que sufren la persecución para ser
santos como él. No se logra la santidad simplemente
por orar en el banco. Se comprende también
de una vida dedicada a los demás. Jesús
añade que esta lucha para ser santo es en su raíz una búsqueda para él. Cuando lo encontremos, tendremos reservado “un
premio grande en los cielos”.
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