II
DOMINGO ORDINARIO, 18 de enero de 2026
(Isaías 49:3.5-6; I Corintios 1:1-3; Juan 1:29-34)
Aunque la
Navidad es un tiempo alegre, la Iglesia no permite que sea de “pura alegría”.
Coloca la fiesta de san Esteban, el primer mártir, inmediatamente después del
25 de diciembre. Al hacerlo, la Iglesia sigue el rumbo de los evangelios. En
los relatos de la infancia de Jesús, tanto san Mateo como san Lucas dejan
entrever su muerte. San Mateo narra el martirio de los Santos Inocentes,
asesinados mientras Herodes buscaba matar a Jesús. En san Lucas, el anciano
Simeón se refiere a Jesús como un “signo de contradicción”. Es una descripción
enigmática. Significa que Jesús será rechazado y odiado por los pecadores a
quienes vino a salvar.
Esta
yuxtaposición de alegría y dolor continúa también hoy. Concluimos el tiempo
navideño hace ocho días con la celebración del Bautismo del Señor. Y ahora, en
el primer domingo después, escuchamos una nota de tristeza. Juan el Bautista,
señalando a Jesús, lo llama “el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo”. A primera vista parece una imagen serena, pero en realidad tiene una
implicación espantosa: el Cordero quitará el pecado cuando su sangre sea derramada
como ofrenda de sacrificio.
Como en las
misas de Adviento y del Tiempo de Navidad, el evangelio de hoy cumple la
profecía de la primera lectura. Esta lectura proviene de uno de los cuatro
“Cantos del Siervo Doliente”. Estos poemas dan testimonio de una figura
misteriosa —el Siervo Doliente— que aparece en la segunda parte del libro del
profeta Isaías. El canto proclamado hoy revela la misión del Siervo, mientras
que los otros cantos describen la manera en que la llevará a cabo.
Según este
canto, Dios ha elegido al Siervo para cumplir dos objetivos: restaurar a las
doce tribus de Israel y llevar la salvación al mundo entero. A la luz de la
historia de Jesús, los primeros cristianos no podían sino verlo como el
cumplimiento de esta profecía. Jesús no solo instituyó el nuevo Israel con sus
doce apóstoles, sino que también los mandó a difundir el evangelio hasta los
confines del mundo. Igualmente significativo es que cumplió su misión conforme
a las predicciones de los Cantos. Consoló a los pobres y murió por todos los
hombres y mujeres, sin protestas ni quejas.
El papa san
Juan Pablo II nos ha ayudado a comprender la grandeza de las obras de Jesús.
Escribió que Dios crea a la persona humana como un don de amor. En otras
palabras, nuestras vidas son regalos de Dios, dados a nosotros por amor. Al
hablar de “amor”, entendemos la disposición de buscar el bien del otro. Como cada uno de nosotros es un don, nos
realizamos plenamente como personas humanas cuando nos entregamos a los demás
por amor. Jesús hace posible esta entrega mediante el sacrificio de su
nacimiento, de su vida y de su muerte. Nació en Belén como un don de Dios;
vivió enseñándonos los caminos del Reino de Dios; y finalmente entregó su vida
en el Calvario por la salvación del mundo del pecado. En este proceso, Jesús no
solo modeló lo que significa el sacrificio de uno mismo por los demás, sino que
también venció al espíritu del mal que nos impide imitarlo.
Sin
embargo, vivimos en un ambiente que en gran medida ha ignorado el amor de
Cristo. Muchos hoy en día no conocen a Jesús. Viven no como dones para los
demás, sino para la exaltación de sí mismos. Cada año, menos adultos desean
comprometerse con otra persona en el matrimonio. ¿Por qué? Porque temen el
sacrificio que implica. Los jóvenes evitan tener hijos por la misma razón. No
comprenden que el verdadero gozo solo surge de este tipo de sacrificio. Tal vez
encuentren placer en relaciones superficiales y en gastos excesivos centrados
en sí mismos, pero al final probablemente se preguntarán si la vida no ofrece
algo más.
Acabamos de
iniciar el Tiempo Ordinario. Este es el período en el que aprendemos cómo Jesús
vivió su vida como un don. Sin embargo, el tiempo será interrumpido por la
Cuaresma y la Pascua. Entonces nos
enteraremos el costo de imitarlo y por qué vale la pena pagarlo.
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