III
DOMINGO ORDINARIO
(Isaías 8:23b–9:3; I Corintios 1:10-13.17; Mateo 4:12-23)
El
evangelio de hoy ha sido uno de los favoritos de la Iglesia desde hace mucho
tiempo. Ofrece un modelo dramático del
llamado vocacional. A la sencilla invitación de Jesús, Pedro y sus compañeros dejan
todo para seguirlo.
La lectura
comienza con una nota de urgencia. Jesús toma la bandera de su precursor Juan, que
acaba de encarcelarse. Predica las mismas palabras de Juan, pero invierte su
orden de palabras. Donde Juan proclamaba: “El Reino de los cielos está cerca,
conviértanse…”, Jesús pone primero la exigencia: “Conviértanse, porque el Reino
de los cielos está cerca”. Así instruye a sus oyentes sobre la necesidad
absoluta de poner primero en sus vidas la voluntad de Dios. Las necesidades y
deseos del yo no son tan importantes como la justicia de Dios.
Estamos
habituados a pensar en nosotros mismos como “número uno”. Pero dichosos los
niños cuyos padres les dicen: “Hagan siempre lo que es justo”.
Desgraciadamente, muchos niños crecen escuchando instrucciones que los llevan a
pensar primero en su propio beneficio. El resultado es una sociedad en la que
todos reclaman sus derechos sin considerar su responsabilidad de garantizar los
derechos de los demás. Cuando otra persona no nos da el cambio correcto, nos
apresuramos a corregirla; pero cuando se equivoca y nos da más de lo debido,
somos reacios a decírselo.
Los
pescadores del evangelio no muestran esta tendencia egoísta. Más bien, tan
pronto que escuchan el llamado de Jesús, responden con rapidez y entrega total.
Simón Pedro y Andrés abandonan sus redes —su medio de vida— para seguirlo.
Santiago y Juan dejan incluso a su propio padre.
Al cambiar
el objeto de su corazón para seguir a Jesús, Jesús transforma también sus vidas.
Ya no serán simplemente “pescadores”; él los hará “pescadores de hombres”. Esta
transformación no se limita a los santos del pasado ni a los sacerdotes de hoy.
Ocurre también en la vida de muchos laicos. Un hombre reclutaba a estudiantes
para colegios. Sin embargo, después de completar su formación como ministro
laical, comenzó a identificarse a sí mismo más como ministro que reclutador.
Todos conocemos hombres y mujeres exitosos en su carrera, pero se distingue aún
más por su caridad cristiana.
Cuando
decidimos seguir a Jesús, experimentamos la gracia como una fuerza dinámica que
nos impulsa a hacer el bien y a resistir el mal. Sin embargo, siempre
encontraremos retos que pueden hacernos tropezar y, a veces, caer en el pecado.
Los sacerdotes pueden enamorarse; los laicos también pueden sentirse atraídos
románticamente por otra persona. O pueden ser las drogas o el alcohol los que
provoquen la caída de nuestra persona. De una u otra manera, nos desviamos de
nuestro discipulado. Aún Pedro perdió el entusiasmo de su compromiso inicial. Negó a Jesús tres veces por miedo cuando el
Señor fue arrestado.
Sin
embargo, el Señor lo llamó de nuevo. Después de pedirle que declarara su amor
tres veces, le confió el cuidado de su rebaño. Así como Jesús actuó con Pedro,
actuará también con nosotros. Si le pedimos perdón, Jesús nos perdonará y nos
llamará de nuevo, no por su bien, sino por el nuestro.
La vida es
un camino largo y lleno de tropiezos. Muy probablemente fallaremos a nuestro
compromiso inicial con el Señor. Sin embargo, como dice san Pablo a Timoteo:
“Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2
Tim 2,13). El Señor siempre estará ofreciéndonos una nueva oportunidad para
responder a su llamado.
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