El domingo, 23 de marzo de 2014


EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

(Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2.5-8; Juan 4:5-42)

Gente en todas partes sabe de Marilyn Monroe.  Aunque murió hace más que cincuenta años, sigue su cara como una de las más conocidas en el mundo.   Tuvo una belleza tan extraordinaria que sólo pudiera ser igualada por su miseria.  Pues, tuvo tres esposos, a lo mejor abortó varios bebés, y probablemente se suicidó.  En el evangelio hoy Jesús encuentra a una mujer con una historia casi tan indecorosa como la de Marilyn Monroe.

Jesús es cansado, pero se dirige a la samaritana.  No le importa que ella vive con un hombre que no es su marido, mucho menos que los judíos no tratan a los samaritanos.  No, a Jesús la samaritana es una hija de Dios, en necesidad del amor verdadero.  Es similar a la historia que se cuenta de un sacerdote muriéndose del cáncer.  Un día cuando estaba en el consultorio de su médico, el sacerdote encontró a una enfermera que era católica pero ya no practicaba la fe.  Dijo ella que por haber visto tanto sufrimiento no más pudo creer en un Dios personal.  A pesar de su cáncer el sacerdote se le dirijo a ella con una explicación de Dios tanto esperanzadora como acertada.  Le dijo que el universo fue establecido y animado por el amor que es el ser en sí y sostiene todas otras cosas en su ser.  Porque este amor queda al núcleo de la existencia, toda cosa se hará correcta al final de los tiempos. 

La enfermera no podía responder al discursito del sacerdote.  Solamente le agradeció y se lo dejó.  Pero la samaritana parece atraída por Jesús.  Le reta: “¿Cómo es que tú, un judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”  Ya Jesús  ve la oportunidad de mostrarle el amor al núcleo de la existencia.  Le ofrece algo que anhela: el “agua viva” que, al nivel literal, significa el agua fresca que rebosa de la tierra de modo que no tenga que sacarse.  Pero en al nivel más profundo que Jesús tiene en cuenta el agua viva significa la gracia.  Que demoremos aquí un momento para preguntar: ¿qué es la gracia? 

Tal vez hayamos pensado en la gracia en el alma como dinero acumulando en el banco con que compramos la entrada al cielo.  Sin embargo, sería mejor considerarla como la forma del corazón que nos hace posible vivir como hijos e hijas de Dios.  Como se forma un tubo en una flauta para producir la música, así la gracia forma nuestros corazones para cuidar a los demás.  En el mundo hoy la gracia condiciona el corazón para resistir los estupefacientes que nos distraen de nuestra vocación a amar como Dios ama.  Con la gracia decimos “no” a la gratificación instantánea del yo, sea con la pornografía, con drogas, o con siempre buscando nuestra voluntad.  Para la samaritana la gratificación evidentemente viene de cambiar al hombre cuando le dé la gana. 

Cuando Jesús se le revela a ella su falta, la samaritana se da cuenta de que él es el que iba a rescatar a Israel.  Entonces deja su cántaro para anunciar al pueblo la buena noticia.  Las dos acciones tienen significado.  Primero, el cántaro simboliza la vida vieja de la mujer.  Como ya tiene el agua viva de modo que no más tenga que sacar agua del pozo, ya tiene la gracia de modo que no más tenga que pecar.  Segundo, los seguidores de Jesús no deben quedarse callados sobre la gracia con que les fortalece.  Como Jesús se extiende a sí mismo para rescatar a otras personas de la miseria del pecado, ellos tienen que compartir su fe con los demás.  Deberíamos ver a nosotros en este rol.   Ciertamente queremos enseñar a nuestros niños de Jesús. ¿Por qué no lo mencionamos también a nuestros colegas?  Podemos decirles la verdad: que no seríamos quienes somos si no fuera por él.

“Danos un corazón, grande para amar” cantamos.  Es el corazón formado por la gracia para cuidar a todos – tanto los pecadores como los santos – como hijos e hijas de Dios.  “Danos un corazón fuerte para luchar” continuamos.  Es el corazón formado por la gracia para resistir tanto los piropos como los rechazos que nos impiden a seguir a Jesús.  Sí, Señor, danos un corazón formado por tu gracia.

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