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Domingo, 8 de agosto de 2021

 Decimonoveno domingo ordinario

(I Reyes 19:4-8, Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51)

Pensamos que conocemos a Jesucristo.  Decimos que nació en el pueblo Belén cerca de Jerusalén.  Contamos cómo vivió unos treinta y tres años antes de ser ejecutado.  Contamos también que su madre se llamaba María, su padre putativo era José, y que Juan el Bautista era su primo.  Sabemos estos y docenas de otros datos acerca de su vida.

¿Pero es cierto que lo conocemos? O ¿somos realmente como los judíos en el evangelio hoy que no conocen a Jesús más que conocen a Abrahán Lincoln?  Si no nos damos cuenta de que Jesús es el hijo de Dios que tomó nuestra carne para darnos el parentesco suyo, no lo conocemos.  Asimismo, si no reconocemos que nos regala su propia carne para alimentarnos en nuestro camino a Dios Padre, no lo conocemos.

Algo parecido a la leche haciendo huesos fuertes, la carne de Cristo nos forma en personas amorosas.  No es suficiente que refrenemos de los vicios de brutalidad, enojo, y la indignación para ser incorporados en la familia de Dios.  Como indica la segunda lectura, tenemos que desarrollar las virtudes caritativas.  Para ser verdaderos hijos de Dios, necesitamos la generosidad, la comprensión, y la voluntad a perdonar.  Estas cualidades manan de la Eucaristía como el agua de las Cataratas de Niágara.

La primera lectura presenta una vislumbre de la Eucaristía.  Elías no puede continuar adelante.  Se agota tanto que quiera morir.  Entonces viene un ángel con un pan y agua.  Tomándolos y durmiendo un rato, Elías puede terminar su camino a encontrar al Señor en el Monte Horeb.  Como el pan que trajo el ángel le dio la fuerza para cumplir su viaje a Dios, así la Eucaristía nos proporciona la gracia para amar a los demás en cumplimiento a los mandamientos.

Precisamente hoy los dominicos están conmemorando 800 años desde la muerte de su fundador Santo Domingo.  Hay una historia acerca de Santo Domingo que nos sirve entender la Eucaristía como se explica hoy en la misa.  Santo Domingo estaba en viaje trepando los Alpes con un fraile joven llamado Juan.   Después de varias horas de caminar el joven dijo a Santo Domingo que no más podía continuar.  A pesar del aliento que le ofreció el santo, el joven dijo que fue completamente agotado.  Porque Domingo no tenía pan para ofrecerle, él puso a orar.  Entonces dijo a Juan que, si adelantaría unos pocos metros, hallaría algo de valor.  Lo hizo y encontró el pan más blanco que había jamás visto.  Como el pan del viático fortalece al agonizante para llegar a Dios en los cielos, así el pan blanco le dio al joven los medios para completar el viaje.

Si aseguramos nuestro lugar en el cielo con obras buenas, la Eucaristía nos hace posible realizarlas.  Ustedes padres, ¿quieren ser más comprensivos y útiles a sus hijos?  Prepárense a recibir la Santa Comunión en la misa recordando cómo Jesús no permitió que les detuvieran a los niños venir a él.  Ustedes parejas, ¿quieren ser más pacientes y alentadores con sus cónyuges?  Reciban la hostia y consideren cómo Jesús dio a la samaritana el tiempo necesario para recapacitar su vida.  Ustedes jóvenes, ¿quieren ser menos ansiosos y más fiadores acerca del futuro? Entonces cuando tomen la hostia, pidan al Señor que les ayude hacer prioridades que conforman a su Reino.

Hace dos años un centro de investigación reportó que casi setenta porcientos de los católicos no más creen que la Eucaristía es realmente el cuerpo de Cristo. En cuanto sea correcta, ¡esta estadística es trágica!  Es como si setentas porcientos de las aves hubieran olvidado cómo volar o setenta porcientos de los policías no más buscarán a los criminales.  La Eucaristía nos promete la vida eterna porque Jesucristo es presente en ella.  Sin Jesús somos dispersados como hojas llevadas por el viento.  Con Jesús como arboles frondosos glorificando a Dios. PARA LA REFLEXIÓN: ¿Cómo sé yo que Jesús es realmente presente en la Eucaristía?

El domingo, 12 de agosto de 2018


EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

 (I Reyes 19:4-8, Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51) 

La vida se le ha hecho un viaje tanto duro como largo.  La vieja ha tenido carrera; ha criado a familia; y ha metido en asuntos comunitarios.  Ya se postra en cama de enfermo todo el día.  Sufre varios problemas médicos; entre de ellos, sufre del cáncer.  Quiere morir. Es como Elías en la primera lectura hoy.  Más que cansada, es agotado.  El profeta gime: “’Basta ya, Señor. Quítame la vida’”. 

“¿Esta actitud conforma a la vida en Cristo?” nos preguntamos.  En la segunda lectura leímos al autor de la Carta a los Efesios exhortando: “No le causen tristeza al Espíritu Santo. ¿Ofende al Espíritu el deseo de la muerte después de que se ha atravesado un caminar extenso?  O ¿puede ser este anhelo sólo la esperanza de estar con el Señor después de servirlo bien?  Una cosa es cierto: no es bueno quitar su propia vida o por un acto directo o por una omisión de materia necesaria.  Tal acción comprendería el suicidio, una maldad de la clase más grave. 

Cuando nos sentimos al término de nuestra capacidad de continuar, que nos volvamos a Cristo.  Él tiene no sólo las palabras que nos sostendrán en el viaje sino la sabiduría que nos dirigirá a nuestro destino.  Por eso, Jesús dice en el evangelio: "'Yo soy el pan de la vida’”.  En comunión con este pan, haremos lo mejor para todos.  Jesús nos indicará si sería mejor buscar la recuperación de las fuerzas o esperar la vida eterna.

Aquellos que no creen en Jesús, lo ven como los judíos en el evangelio: hijo de un tal José.  Lo tratan como si fuera personaje humano.  Puede ser que sus palabras parezcan inspiradoras ahora pero van a considerarse anticuadas en tiempo.  Estas gentes actúan siempre según sus propios designios.  Muchos quieren lo más cómodo por sí mismos.  Pero aun si buscan el mayor bien para el mayor número, a lo mejor no les importa si hacen lo malo para obtener lo bueno.  Esto es el modo del mundo hoy en día.  Se ve esta tendencia en la medicina.  Mucha gente no tiene remordimiento en permitir a los médicos recetar drogas para que el enfermo quite su propia vida.  Lo que una vez fue aborrecido en todas partes es ahora permitido cada vez más.

Jesús es “el pan de la vida”.  Como Dios, nos ha dado la vida física que trae tantas alegrías como angustias.  Como humano, ha venido para enseñarnos el camino a la vida eterna.  Requiere que siempre evitemos hacer lo malo y que busquemos hacer lo bueno en cuanto se pueda.  Como Señor eterno resucitado de la muerte nos ha proporcionados los sacramentos para cumplir este proyecto.  Con el Bautismo, la Reconciliación, y sobre todo la Eucaristía podemos llegar a nuestro destino.