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El domingo, 12 de agosto de 2018


EL DECIMONOVENO DOMINGO ORDINARIO

 (I Reyes 19:4-8, Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51) 

La vida se le ha hecho un viaje tanto duro como largo.  La vieja ha tenido carrera; ha criado a familia; y ha metido en asuntos comunitarios.  Ya se postra en cama de enfermo todo el día.  Sufre varios problemas médicos; entre de ellos, sufre del cáncer.  Quiere morir. Es como Elías en la primera lectura hoy.  Más que cansada, es agotado.  El profeta gime: “’Basta ya, Señor. Quítame la vida’”. 

“¿Esta actitud conforma a la vida en Cristo?” nos preguntamos.  En la segunda lectura leímos al autor de la Carta a los Efesios exhortando: “No le causen tristeza al Espíritu Santo. ¿Ofende al Espíritu el deseo de la muerte después de que se ha atravesado un caminar extenso?  O ¿puede ser este anhelo sólo la esperanza de estar con el Señor después de servirlo bien?  Una cosa es cierto: no es bueno quitar su propia vida o por un acto directo o por una omisión de materia necesaria.  Tal acción comprendería el suicidio, una maldad de la clase más grave. 

Cuando nos sentimos al término de nuestra capacidad de continuar, que nos volvamos a Cristo.  Él tiene no sólo las palabras que nos sostendrán en el viaje sino la sabiduría que nos dirigirá a nuestro destino.  Por eso, Jesús dice en el evangelio: "'Yo soy el pan de la vida’”.  En comunión con este pan, haremos lo mejor para todos.  Jesús nos indicará si sería mejor buscar la recuperación de las fuerzas o esperar la vida eterna.

Aquellos que no creen en Jesús, lo ven como los judíos en el evangelio: hijo de un tal José.  Lo tratan como si fuera personaje humano.  Puede ser que sus palabras parezcan inspiradoras ahora pero van a considerarse anticuadas en tiempo.  Estas gentes actúan siempre según sus propios designios.  Muchos quieren lo más cómodo por sí mismos.  Pero aun si buscan el mayor bien para el mayor número, a lo mejor no les importa si hacen lo malo para obtener lo bueno.  Esto es el modo del mundo hoy en día.  Se ve esta tendencia en la medicina.  Mucha gente no tiene remordimiento en permitir a los médicos recetar drogas para que el enfermo quite su propia vida.  Lo que una vez fue aborrecido en todas partes es ahora permitido cada vez más.

Jesús es “el pan de la vida”.  Como Dios, nos ha dado la vida física que trae tantas alegrías como angustias.  Como humano, ha venido para enseñarnos el camino a la vida eterna.  Requiere que siempre evitemos hacer lo malo y que busquemos hacer lo bueno en cuanto se pueda.  Como Señor eterno resucitado de la muerte nos ha proporcionados los sacramentos para cumplir este proyecto.  Con el Bautismo, la Reconciliación, y sobre todo la Eucaristía podemos llegar a nuestro destino.

El domingo, 7 de noviembre de 2010

XXXII DOMINGO ORDINARIO

(II Macabeos 7:1-2.9-14; II Tesalonicenses 2:16-3:5; Lucas 20:27-38)

Que pensemos en un boxeador joven. Aunque muestra el talento, no le dejan pelear con los mejores en su división al principio. No, siempre le dan combates con peleadores de la segunda clase hasta que aprenda cuando atacar y cómo recibir un golpe. Sólo con alguna experiencia, irá a Nueva York o Las Vegas para competir para el título. En el evangelio hoy, vemos a Jesús en Jerusalén en un sentido luchando para un título. Él se hará el Salvador del Mundo.

No dice la lectura pero en el evangelio según san Lucas Jesús ya ha entrado en la ciudad de Dios. Jerusalén ha sido su destino desde un poco después de su Transfiguración. Entonces Moisés y Elías le hablaron de la pasión, muerte y resurrección que iba a sufrir. Ahora en Jerusalén Jesús mostrará al mundo el amor de Dios Padre por permitir las manos de hierro de pecado agarrar su propia vida. Es un poco como sentimos nosotros cuando tenemos que defender la vida de los no nacidos delante de personas convencidas de la legalidad del aborto y la nulidad de embriones.

Podemos imaginar las farsas que nuestros adversarios nos echarán. Dirán algo como, “Si se hacen embriones con las espermas de un hombre y siete diferentes mujeres, de quienes una es su esposa, ¿todos los embriones tienen el mismo derecho de la herencia una vez que muera la esposa? O ¿es que el embrión hecho del hombre y su esposa tiene más derecho que los otros seis?” Así los saduceos, un partido religioso que no cree en la resurrección de los muertos, tratan de burlarse de Jesús. Quieren despreciar su doctrina de la resurrección de la muerte por proponer un ejemplo ridículo. Hablan de una mujer casada con siete hermanos seguidos y preguntan, “’cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer…?’”

Fácilmente Jesús rechaza el ataque con dos tipos de razonamiento. Primero, les carga con una falta de conocimiento por pensar que exista el matrimonio en el cielo. Entonces, les critica por no apreciar las Escrituras que insinúa la vida eterna de los patriarcas de Israel. Deberíamos emular a Jesús con los dos modos de defensa. En el caso de los embriones podríamos decir que el embrión tanto como el feto es un ser digno de la protección porque tienen la constitución básica para calificarse como humano. También la Biblia describe a Dios cuidando a los hombres y mujeres en los senos de sus madres (Salmo 71:6, Isaías 42:2, Jeremías 1:5, etcétera).

Nosotros católicos traicionamos la misión de Jesús para hacer discípulos cuando nos ignoramos de la fe. A veces no podemos responder aun a nuestros hijos cuando regresan de la escuela con preguntas y dudas. Pero, como decía el papa Juan Pablo II, no hay nada de temerse. Podemos profundizarnos tanto en la fe como en el conocimiento. Sí, para realizarlo tendremos que dejar el partido de fútbol o la conversación telefónica. Pero el estudio tiene un premio valiosísimo además de defendernos de los burladores de la religión. Resulta en un mejor conocimiento de Jesús a quien esperamos encontrar en la resurrección de la muerte.