El domingo, 22 de diciembre de 2013


EL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 7:10-14; Romanos 1:1-7; Mateo 1:18-24)

Hace seis meses el Vaticano anunció la añadidura de algunas palabras en la oración eucarística.  No sé si ustedes se hayan dado cuenta del cambio.  Si escuchamos bien después de la consagración, vamos a oír dicho el nombre de “san José”, esposo de María.  Según el decreto Vaticano, san José era persona tan bondadosa y humilde que sirva como modelo de todos los hombres.  Se espera que no se falte el respecto al decreto por decir que san José tuvo otra cualidad aún hay más significativo.  Como dice el evangelio en la misa hoy, José era “justo”.

Hay que conocer el contexto de la situación para apreciar la justicia de san José.  A lo mejor ha pagado una dote para casarse con María.  Cuando se entera de su embarazo, él tiene el derecho de divorciarla en pública para reclamar su caudal.  Sin embargo, antes de escuchar el mensaje del ángel en su sueño que María concibió por el Espíritu Santo, él prefiere divorciarla en privado.  Es tan justo que quiere salvar a María de la desgracia de un procedimiento abierto.  Así, san José no sólo acata la letra de la ley judía sino también cumplir su espíritu.  Pues, el propósito de la ley es hacer al hombre misericordioso como Dios.  En el Sermón del Monte, más adelante en el evangelio, Jesús mandará a sus discípulos que sean perfectos como Dios.  Aquí san José ejemplifica exactamente cómo hacerlo.

Vivimos en una edad cuando todo el mundo busca la justicia con la reclamación de los derechos humanos.  Al ver la condición subhumana en que muchos hombres y mujeres viven, no se puede trivializar este empeño.  Pero los derechos entre personas muchas veces chocan de manera que sea difícil determinar quién tiene razón.  ¿Los pobres de países subdesarrollados tienen más derecho de emigrar que los pueblos del país de destinación tienen el derecho a mantener el orden dentro de sus fronteras?  O ¿una familia en los Estados Unidos tiene más derecho para un segundo coche que una familia en Tanzania tiene derecho de un motor?  Cuestiones como éstas son tan imposibles a resolver que nos haga falta otro criterio para llegar a la justicia.  Tenemos que dejar algunos de nuestras reclamaciones para derechos – en otras palabras, tenemos que sacrificarnos – para alcanzar la justicia verdadera.  Esta voluntad de sacrificarse para el bien de los no conocidos no es función de la naturaleza humana.  Más bien, es producto de la gracia de Dios.  La justicia es producto de la gracia.

El domingo, 15 de diciembre de 2013


EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 35:1-6.10; Santiago 5:7-10; Mateo 11:2-11)


En 1860 el señor Abraham Lincoln fue elegido el decimosexto presidente de los Estados Unidos.  Se hará uno de los más cumplidos mandatorios en la historia.  Pero en los meses antes de que tomara el poder, a lo mejor muchos americanos tenían reservas de su capacidad.  Pues nunca había asistido en la universidad, y sólo tenía dos años de la experiencia en Washington como diputado en la cámara baja.  Además, alto y cuellilargo, se veía más como un fulano del campo que un estadista.  Se puede imaginar los ciudadanos preguntándose si Lincoln tendría la capacidad de guiar la nación en la crisis que la enfrentaba.  Así, guardando una duda sobre Jesús, encontramos a Juan Bautista en la lectura evangélica hoy.

Juan está encarcelado por haber dicho la verdad al rey Herodes.  Aparentemente se preocupa que la venida del mesías, que vigorosamente ha predicado, no vaya a realizarse en su tiempo.  Siempre imaginaba al mesías como hombre ambos fuerte y justo de modo que pueda echar fuera a todos los malvados del país.  Pero ya la gente habla de Jesús de Nazaret como el tan esperado Hijo de Dios.  Es otro tipo de persona: no castiga a los pecadores; al contrario, los invita a casa para dialogar sobre la bondad de Dios.  Sin embargo, Juan no queda convencido.  En una manera muchos entre nosotros hoy día asemejan a Juan.  No es que no reconozcan a  Jesús como el mesías sino que tienen inquietudes sobre la Iglesia Católica como el guardián del patrimonio de Jesús.  Les parecen a estas personas que los sacerdotes católicos son prepotentes, que los parroquianos carecen del afecto humano, y que la Ley Canónica paraliza la capacidad de la Iglesia a apoyar a la gente en sus apuros espirituales.

Esta gente, tan desilusionada que sea, debería volver a Jesús en la oración.  Él siempre es nuestro mejor amigo, no sólo aceptándonos junto con nuestras quejas sino también ayudándonos con consejos acertados.  Otros amigos escuchan nuestros problemas pero raros son aquellos que nos responden con la sabiduría que nos reta a crecer espiritualmente.  La gente con inquietudes sobre el Catolicismo necesitan preguntar a Jesús: “¿Pertenezco aquí en la Iglesia Católica o quieres que me vaya a otra comunidad de fe?”  En el evangelio Juan no tiene vergüenza a enviar a sus discípulos a Jesús con una pregunta semejante: “’¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’”

Parece que Jesús no demora un segundo a responder.  Dice a los discípulos de Juan: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan…y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.  Jesús les respondería a los perplejos con la Iglesia Católica por frases del mismo matiz. Les diría algo como: “Escuchen las historias de los santos de la Iglesia como la Madre Teresa de Calcuta socorriendo a los pobres.  Miren la santidad de sus propios abuelos fortalecida por los sacramentos de la Iglesia. Fíjense cómo la Iglesia siempre está en la primera línea de defensa para los más vulnerables: los no nacidos, los inmigrantes indocumentados, y los condenados a la muerte”.

Sí, es cierto que los defectos existen en la Iglesia.  Porque está compuesta de personas humanas con sus manchas y pecados, la Iglesia no brillará gloriosamente hasta que vuelva el Salvador.  Entonces él separará el oro de la escoria dejando una comunidad resplandeciente. Por eso, son benditas aquellas personas que miran más allá de los problemas que oscurecen la faz de la Iglesia para apoyarla.  En tiempo esta genta va a ser reconocida como digna de acogerse al Señor en su retorno.  Así son las palabras finales de Jesús a Juan: “’Dichosos los que no se escandalizan de mí’”.  Eso es, aquellos que no lo rechazan por haber pasado su tiempo con los pobres y los pecadores van a aprovecharse de su victoria sobre la muerte.

Hay una pintura encantadora del Renacimiento que retrata a un abuelo y su nieto mirándose a uno y el otro en la cara.  El niño parece lleno de afecto aunque la nariz de su tata está grotescamente hinchada. El viejo, llevando un cilicio bajo su vestido, parece como hombre honrado.  ¿No captura esta pintura la relación entre la Iglesia y mucha gente hoy día?  Sí, la Iglesia tiene sus defectos.  Sin embargo, fortalecida por la gracia del Salvador, siempre vale la lealtad del pueblo.  La Iglesia vale la lealtad de todos nosotros.

El domingo, 8 de diciembre de 2013

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO


(Isaías 11:1-10; Romanos 15:4-9; Mateo 3:1-12)


Fue conocido por sus ayunos.  Se vistió de ropa extraña.  Aunque no era gobernador, los pudientes vendrían  a consultarlo.  ¿Tengo en cuenta Juan Bautista como lo encontramos en el evangelio hoy?  No, estoy pensando en un héroe moderno.  El mahatma Gandhi vivió con toda el carisma que hace a Juan Bautista sobresalir como el profeta preeminente de su edad.

Hombres de todas partes van al desierto para escuchar a Juan describir a Dios como asqueado con el pueblo judío.  Asienten con la cabeza cuando Juan nombra sus pecados – la lujuria, la codicia, el engaño – y prescribe el bautismo para quitárselos.  Pero lo más provocativo de su predicación es cómo cuenta del mesías viniente.  Según Juan el Cristo barrerá a todos los no arrepentidos en un fuego devastador.   

Sin embargo, no hemos experimentado a Jesús así.  Al contrario, lo vemos en los evangelios como ambos comprensivo y compasivo.  Predica acerca de Dios como si fuera padre de familia más preocupado por sus hijos desviados que los cumplidos.  Aparte del tiempo que ahuyenta a los mercadores del Templo, Jesús no anda con látigo en mano para castigar a los pecadores.  Más bien, les invita a su casa para convencerles de la necesidad de arrepentirse para que experimenten toda la maravilla del Reino.  Donde Juan Bautista sólo habla de la ira de Dios hacia los pecadores, Jesús hace hincapié en Su gran afecto para todos los hombres y mujeres.

Cada segundo domingo de Adviento la Iglesia nos presenta a Juan como símbolo del tiempo.  Ciertamente Juan se muestra como el pregonero del salvador.  De hecho, se distingue como el primer hombre para anunciarlo como en la puerta.  Sin embargo, Juan se equivoca en su entendimiento del Señor.  Al menos, falla a mencionar su amor para todos – tanto los pobres como los ricos, tanto los analfabetos como los cultos, tanto los gay como los heterosexuales.  Por eso, hay necesidad de otro icono para este tiempo.  A través de Adviento hay huellas de María instruyéndonos acerca de Jesús.  Mañana la Iglesia celebra su Inmaculada Concepción como un don especial de Dios concedido a María para reconocer la santidad de su hijo.  Y el jueves festejaremos a la Guadalupana que ha reflejado el afecto de Jesús a millones a través de cinco siglos. 

Muchos hoy en día preguntan: “Si Dios es puro amor, ¿es necesario hacer caso a las amenazas del Bautista?” y “¿No es que Dios perdone todos nuestros pecados?”  Sí, Dios perdona todos los pecados; sin embargo, tenemos que arrepentirnos de ellos.  Pues Dios – como todos padres dignos del nombre – quiere que nosotros lo sigamos en la virtud.  Porque el pecado tiene diez mil atracciones, no vamos a rechazar la maldad y mucho menos vamos a seguir a Jesús en la bondad sin un estímulo duro.  Por eso, se ha dicho que el temor del Señor es el principio de la sabiduría.  Pero sólo es el principio.  Cuanto más sigamos sus modos, tanto más lo queremos de manera que ni pensemos en ofenderlo.

Como todos necesitan tanto el estímulo de evitar el castigo como el estímulo de alcanzar al Reino, los niños requieren el cuidado de dos padres.  Se asocia el padre masculino con el amor duro; eso es, el amor que amenaza al niño para que no desobedezca.  Alternativamente, se relaciona la madre con el amor tierno.  Es verdad que el padre tanto como la madre lleva los dos tipos de afecto aunque usualmente uno más que el otro con el tipo asociado con su género. 

Entonces ¿cómo deberían los padres preparar a sus hijos para la Navidad?  ¿Amenazarles que no recibirán nada si desobedecen?  O ¿asegurarles que van a recibir lo que deseen como signo de su amor?  Cada pareja tiene que escoger la mezcla apropiada para sus hijos de estos dos tipos de estímulo.  Pero una cosa es necesaria: los padres tienen que anunciarles a sus hijos, como Juan Bautista en el evangelio, que Jesús está en la puerta.  Tienen que decirles que Jesús está allá con su amor.

El domingo, 1 de diciembre de 2013


EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

(Isaías 2:1-5; Romanos 13:11-14; Mateo 24:37-44)


En una novela un avión aterriza de emergencia en una isla oceánica.  Los pilotos fallecen en el impacto.  Pero los pasajeros – un grupo de niños entre diez y doce años – lo sobreviven.  Ya tienen que esperar hasta que venga el rescate.  No pueden lamentar su suerte.  Tienen que organizarse: quienes van a buscar comestibles, quienes van a construir amparo para dormir, y quienes van a mantener la fogata para llamar la atención de las naves que pasan por allí.  Ya que hemos entrado en el tiempo de Adviento, podemos imaginarnos como los niños abandonados en la isla.

Como los niños, nosotros no deberíamos quedar ociosos durante el Adviento.  ¿Qué haremos?  Esto depende de qué esperamos como nuestra salvación.  Algunos ven la salvación en las fiestas.  Viven para los fines de semana y ya enfrentan un mes de fines de semana.  Parecen como la gente en el tiempo de Noé de que Jesús dice en el evangelio “comía, bebía, y se casaba”.  Se preparan para las orgias por hacer dieta, levantar pesos, y comprar perfumes.  La mayoría de esta gente es joven pero algunos viejos también se preocupan por no faltar el placer.

Otros ven a Santa Claus como su salvador.   Bueno, no realmente el célebre residente del polo norte sino el montón de ropas, juguetes, y aparatos comprados como regalos.  Esta gente, fijada en complacer las expectativas de uno y otro, pasa el Adviento buscando ventas.  Se volverá contenta al 24 de diciembre cuando ve sonrisas en las caras de todos alrededor del árbol navideño.  No es completamente corrupta esta visión.  A lo mejor todos nosotros vamos a participar en ella, al menos un poquito.  Pero si el Adviento fuera sólo para comprar regalos, no cumpliría ni un milésimo de su promesa.

Al menos algunos aquí reconocen el Adviento como la llamada a buscar a Cristo volviendo a la tierra al final de los tiempos.  Esta dichosa genta se prepara a recibirlo por poner en orden su casa interior.  Como exhorta san Pablo en la segunda lectura, se refrenan de comilonas y borracheras, de lujurias y envidias.  En lugar de vivir por el exceso de los apetitos se revisten “con las armas de la luz”: entre otras, la honestad, la paciencia, y el perdón.  No favorecen más la rivalidad entre personas y pueblos sino sienten dentro de sus interiores la gran ilusión de la primera lectura.  Aguardan el día en que todos los pueblos irán juntos al monte del Señor para aprender sus modos. 

El monte a que el profeta Isaías se refiere es la montaña en que Jesús entrega su gran sermón al principio del evangelio de Mateo.  Allí nos enseña cómo hablar: sin juramentos y mentiras pero con un “sí” si es la verdad y con un “no” si es falso (5:37); cómo vivir: “…pongan su atención en el reino de Dios y en hacer lo que Dios exige…” (6,33); y cómo tratar al otro: “…hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes” (7:12).  Estos modos no resultan en la desilusión como algunos temen.  Al contrario, nos llevan a la verdadera felicidad: la amistad con Dios que dura para siempre.

Los mexicanos tienen una gran tradición para el Adviento.  Producen programas llamados pastorelas que dramatizan la venida de Jesús a la tierra.  Pero no simplemente recrean el nacimiento en Belén.  No, al menos en sus mejores expresiones las pastorelas imaginan cómo sería si Jesús regresaría al mundo hoy.  Es posible que venga a nosotros alrededor del árbol navideño o tal vez cuando estemos bebiendo, comiendo, o casándonos.  En todos casos las pastorelas muestran la justicia que trae Jesús.  En todos casos muestran la esperanza del tiempo.

El domingo, 24 de noviembre de 2013


SOLEMNIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

II Samuel 5:1-3; Colosenses 1:12-20; Lucas 23:35-43)


Hoy concluimos nuestra lectura dominical del Evangelio según San Lucas.  Lo hemos estado leyendo en casi todos los domingos por un año.  Tal vez nos haya parecido como un viaje.  Pues, hemos atravesado con el Señor Jesús un plazo extendido lleno de ilusiones y desesperanzas, tristezas y gozos.  También, nuestra lectura ha asemejado un viaje porque muchas veces el evangelio mismo se refiere a Jesús en marcha.  Que bosquejemos algunos de estas referencias para apreciar cómo hemos sido enriquecidos por nuestro divino compañero.

En el principio del evangelio encontramos a Jesús, todavía no nacido, viajando desde Nazaret a Belén con María y José.  Sus padres nos impresionaron como gente reverente, no sólo atenta a la palabra de Dios sino también obediente al gobierno.  Su manera nos convenció que como seguidores de Jesús tenemos que respetar a las autoridades, si estamos de acuerdo con ellas o no.

Dice el evangelio que después de su bautismo Jesús recorrió Galilea llegando a su propio pueblo.  Allí pronunció su misión como “llevar a los pobres la buena nueva”.  En el Evangelio de Lucas Jesús siempre mostraba la preocupación por los necesitados.  Tanto como dio vista al mendigo ciego, él exhortó a los ricos que socorrieran a los indigentes.  Ciertamente el papa Francisco nos entrega el mismo mensaje hoy día cuando lava los pies de los inmigrantes encarcelados.

Después de inaugurar su misión en Nazaret, Jesús una vez más emprendió el camino.  Llegó al lago de Genesaret donde encontró a Simón en su barca de pescar.  Le dijo que fuera “mar adentro” y echara sus redes.  Resultó en una pesca tan grande que Simón lo reconociera como el Señor y junto con los hermanos Santiago y Juan lo siguiera en el camino.  Deberíamos haber escuchado a Jesús decirnos a nosotros también que fuéramos “mar adentro” – eso es, que dejáramos la codicia para tomar en serio la invitación para seguirlo.

Para que no pensáramos que el llamado al discipulado se dirija sólo a los hombres, el evangelio hizo hincapié en el acompañamiento de varias mujeres.  Eran personas generosas y agradecidas, sin duda atraídas a Jesús por su gran compasión a los débiles.  Nos aseguró que cada uno de nosotros – seamos mujer o hombre, rico o pobre, analfabeto o culto – puede incluirse en la compañía de Jesús.  Sí, tendremos que hacer ajustamientos en nuestras vidas, pero no tenemos que preocuparnos de ser rechazados por las características superficiales.

En un punto la narrativa contó que Jesús hizo la decisión firme a viajar a Jerusalén.  Fue un momento decisivo; pues él sabía que iba a sufrir como otros profetas en la ciudad santa.  Pero precisamente como un profeta tenía que manifestar el amor transcendente de Dios para el mundo por entregarse a la muerte.  Como sus compañeros, nosotros no podemos escapar ser tocado por el sufrimiento.  A veces sentiremos como faltando algún placer por haber visitado a los solitarios.  Sin embargo, solamente estaremos actuando en sintonía con nuestro compañero Jesús para que experimentemos su destino.

Ahora encontramos a Jesús en la cruz entre dos bandidos.  Parece ser su última parada en la marcha de la vida.  Uno de los malhechores imita a la muchedumbre burlándose de Jesús.  El otro, viendo el letrero en su cruz, lo reconoce como es: un rey verdadero.   Continuamente en la pasión según san Lucas Jesús ha mostrado la noble misericordia.  Sanó la oreja cortada del criado en el jardín.  Remedió la enemistad entre Herodes y Pilato.  Consoló a las mujeres de Jerusalén lamentando la injusticia hecha a él.  Ya confiere la vida eterna a un pecador con sólo una semblanza de arrepentimiento y una sincera petición para socorro.

Pero la cruz no pudo detener a Jesús.  Lo encontramos de nuevo en camino con dos de sus discípulos dos días después de su muerte.  Sus discípulos andaban desconcertados por lo que había pasado.  Pero él les animó de modo que cuando llegaron a la población Emaús, se les revelara como resucitado en el partir del pan.  Así Jesús camina con nosotros animándonos en el camino de la vida.  Así lo reconocemos en la misa donde nos parte el pan. 

El domingo, 17 de noviembre de 2013


TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO ORDINARIO

(Malaquías 3:19-20; II Tesalonicenses 3:7-12; Lucas 21:5-19)

Hace poco una revista interrogó a varios personajes sobre el fin del mundo.  Precisamente les preguntó: “¿Cómo y cuándo terminará el mundo?”  Algunos de los interrogados predijeron que el fin vendrá relativamente pronto: por la irrupción de un volcán o, tal vez, el choque de un asteroide en el planeta.  Otros tomaron una posición menos alarmante: con la expansión del sol en cinco mil millones de años.  En el evangelio que acabamos de escuchar, la gente pregunta a Jesús algo semejante.

Jesús está enseñando en el área del templo.  Advierte que el edificio – tan impresionante como sea -- va a caer.  Extendiendo la catástrofe al mundo entero, él dice que habrá signos anticipando el fin como terremotos, epidemias, y guerras.  Estos eventos hemos visto en los últimos cien años.  Hace nueve años un tsunami tomó la vida de casi un cuarto de millones de personas.  En 1918 la influenza mató entre cincuenta a cien millones. Esta semana se recordará el quincuagésimo aniversario del asesinato del presidente John Kennedy.  Se considera como héroe por haber afrontado la Unión Soviética con armas nucleares el año anterior.  En un momento el enfrentamiento fue tan intensivo que hubo temor palpable del intercambio de armas nucleares.

Hay otras señales de la muerte en medio de nosotros hoy.  No parecen tan nefastos como terremotos y golpes nucleares pero es posible que ahoguen al mundo a la muerte.  Muchos, si no la mayoría, ahora piensan en la intimidad sexual sólo como placer, desasociado de la procreación y del amor matrimonial.  Para ellos el acto conyugal tiene sólo el significado de un buceo en la piscina o una vuelta en el motor.  Otra cosa perturbadora que va como la mano en un guante con la trivialización del sexo es la disminución de la fe.  Sin la creencia en Dios como el guía y juez, los hombres tendrán a sí mismos como su capitán.  Puede servir este sustituto en los días más claros.  Pero más tarde o más temprano será como tratar de guiar la nave por las estrellas en una noche nublada.  Por eso, Jesús advierte al final de la lectura que tenemos que mantenernos firmes en la fe si vamos a sobrevivir. 

Parece que Jesús dice que no se puede evitar la destrucción inminente del mundo.  Se dirige a la gente como si ellos mismos fueran a experimentar el terror de estrellas cayendo en la tierra.  Pero ya ha pasado casi dos mil años sin la llegada del término del mundo.  ¿Cómo se puede explicar la demora?  En otro lugar San Lucas cuenta de Jesús diciendo a sus apóstoles que sólo el Padre sabe el tiempo para el día final.  Añade que ellos han que predicar su palabra hasta los extremos de la tierra (vea Hechos 1:7).  Aparentemente no ha complacido al Padre que la tierra haya sido destruida.  Sin embargo, sigue la misión de dar testimonio a Jesús.

Cumplimos esta misión por vivir la fe abiertamente.  Un corredor escribe que cuando entrena siente como el cielo y la tierra está uniéndose.  Que explique a todos sus compañeros que significan estas palabras en términos de Dios fortaleciéndolo.  Una laica lleva el rosario como collar cuando asiste en las clases de ministerio.  Que declare su propósito de llevarlo entre sus compañeras.  Tenemos que mostrar a los demás cómo la fe nos hace vivir estables en un mundo vertiginoso.  Sí, muchos van a resistir nuestras referencias a Dios como restricciones de su libertad.  Pero podemos quedar seguros que sin Dios vamos a dispersar como la arena en una tormenta. 

Los mayores recuerdan bien el tiempo en que el presidente Kennedy fue asesinado.  Por un rato el mundo pareció parado.  La gente puso la atención en las noticias para entender cómo se puede tomar la vida de un capitán tan esperanzador.  Casi todos asistieron en servicios religiosos pidiendo a Dios por la familia del presidente, por el país, y por el mundo entero.  Desgraciadamente no demoró mucho este testimonio a la fe.  Pronto la gente regresó a sus modos vertiginosos.  Sin embargo, siguió la misión de Jesús a sus discípulos que no sólo mantengamos la fe, sino que la dispersemos en todas partes.  Tenemos que dispersar nuestra fe.

El domingo, 10 de noviembre de 2013


TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO ORDINARIO

(II Macabeos 7:1-2.9-14; II Tesalonicenses 2:16-3:5; Lucas 20:27-38)

El doctor Loren Eisley era un paleontólogo del siglo pasado. Eso es, estudió los restos de seres vivientes desde edades prehistóricas para entender mejor la vida actual. En un libro el doctor Eisley escribió cómo solía salir al campo durante el otoño cuando diferentes entes biológicos mueren para averiguar la naturaleza. Dijo que en la muerte las plantas y los animales deshojan de sus cubiertas y revelan sus estructuras. Dándonos cuenta de esto, que reflexionemos sobre la muerte humana para conocer mejor nuestra naturaleza.

Se dice que la muerte es un misterio. Eso es, no se puede comprenderla completamente porque ninguna persona viva la ha experimentado. No obstante, se puede decir algunas cosas acerca de la muerte. La muerte resulta en la corrupción del cuerpo, lo cual es completamente necesario para la vida en la tierra. Por eso, todos temen la muerte aunque algunos tengan la valentía a desafiarla por un bien mayor que el yo. Se puede decir también unas cosas positivas de la muerte. Poniendo un límite en la existencia, la muerte mueva a mujeres y hombres a cumplir sus proyectos. Si no fueran a morir, muchos demorarían en todo diciendo que van a hacer las tareas en la mañana. Así la muerte espolea a la gente a tener familias. Pues tener la prole es un modo a superar las fuerzas de corrupción por dejar atrás una semejanza de sí mismo. Para nosotros cristianos la muerte también proporciona la esperanza. Creemos que vamos a encontrar a Jesús, el cumplimiento de todos deseos legítimos, cuando terminemos la vida natural.

En el evangelio hoy los saduceos se arriman a Jesús con una pregunta sobre la resurrección de los muertos. Su intención no es limpia. Eso es, su pregunta tiene una azuela que puede pescar a Jesús si no tiene cuidado. Aferrando la Ley – las primeras cinco escrituras del Antiguo Testamento – como las únicas inspiradas por Dios, los saduceos rechazan las referencias a la resurrección en las otras escrituras como la de los Macabeos de la primera lectura hoy. Ahora quieren hacer a Jesús aparecer tonto con la farsa de una mujer casándose con siete hermanos seguidos cada cual falleciendo después del matrimonio. Preguntan a Jesús de cuál hermano será casada en la vida eterna.

Jesús contesta a los saduceos en una manera que no sólo les alumbra la Ley sino también responde a una obsesión de nuestro tiempo. Les cuenta que la Ley que aferran da testimonio a la resurrección de la muerte cuando llama a Dios como “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. La implicación – ciertamente sutil pero no obstante verdadero -- de esta expresión es que Abraham, Isaac, y Jacob son entes vivientes o al menos esperando la resurrección de la muerte. Si no, Dios no puede ser su Dios.

También dice Jesús que en la resurrección de la muerte no hay casamiento y, por lo tanto, no hay la intimidad sexual. Muchos hoy día querrían preguntar ahora: “¿Si no hay sexo en la eternidad, cómo puede ser una experiencia de la dicha absoluta?” Pero personas verdaderamente sabias saben que la mayor felicidad para la gente con conciencia desarrollada no proviene de la satisfacción de los apetitos sensuales sino del cumplimiento de los apetitos espirituales. Eso es, la gente que conoce el valor de la vida saca más satisfacción cuando ve el éxito de proyectos por los cuales ha hecho sacrificios que las cosas de que ha recibido sólo un placer físico. Por esta razón los padres sienten más alegría viendo a su hijo o su hija actuando como un adulto responsable y honrado que tuvieron del acto de concebirlo. En la resurrección vamos a tener la dicha por haber participado en la salvación de Cristo con nuestro amor sacrificial para los demás.

En el principio del evangelio de Lucas el santo hombre Simeón llama a Jesús “luz de las naciones”. Es luz porque sus enseñanzas brillan como un reflector indicándonos el camino del amor sacrificial. Además es luz porque su resurrección alumbra el misterio de la muerte que tememos tanto. Muestra que nuestro destino no es el campo de los muertos sino la vida con Dios. Por la resurrección de Jesús nuestro destino es la vida con Dios.